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Jueves 1ro de marzo de 2012

NACIONAL

A 23 años del “Caracazo”: ¿ha sido el gobierno de Chávez la expresión “revolucionaria” de la revuelta social?



El torbellino social de 1989, que puso en la escena política la intervención explosiva de las masas populares del país, con la avalancha de los sectores pobres se abre un periodo de inestabilidad para el stablishment político, agitando los nervios de las fracciones burguesas y la dominación imperialista, donde las tensiones sociales marcan un nuevo ritmo de luchas frente a los ya frágiles mecanismos de “hegemonía burguesa”, lo que se expresó en largas protestas, paros y movilizaciones que recorrieron el territorio nacional. Era el momento donde el tejido social se desgastaba, las instituciones de la democracia representativa: sus partidos, el ejército, el parlamento, y el sufragio, atravesaron una profunda crisis. Desde el “sacudón” del 27 y 28 de febrero, con la represión despiadada de la policía y el ejército, el saldo de miles de muertos en las calles, a los ojos de las clases oprimidas ya era un hecho: se iniciaba el declive del régimen puntofijista. Ahora bien, derrotada la revuelta, ¿fue el ascenso de Chávez al gobierno la continuidad revolucionaria de la crisis?

Este combate de los pobres urbanos y de las masas laboriosas del país fue una rebelión con rasgos insurreccionales objetivos y espontáneos, de fuerzas elementales, defensiva, pero que colocaban a las masas como parte de la resistencia que por aquellos años se libraban en otros países, demostrando que frente a tal brutal ofensiva, la resistencia solo podría librarse mediante acciones revolucionarias. Con este ciclo se inauguró un período de fuerte movilización social, crisis institucionales, enfrentamiento entre los poderes del Estado, fractura en las Fuerzas Armadas, alta abstención electoral, fin del bipartidismo, desprestigio de las instituciones, y sobre todo, de creciente resistencia obrera y popular a los planes de la burguesía y el imperialismo, que fueron debilitando más el sistema democrático burgués sobre el que se apoyaba, y todavía se apoya, el capitalismo venezolano.

En este periodo que trabajamos de crisis, en los marcos del “fin de un ciclo político”, que además se inscribe en la larga y dolorosa etapa donde América Latina quedó sometida a los rigores del neoliberalismo, con las secuelas de hambre y miseria, el papel que ha jugado el auge de las luchas estudiantiles, obreras y populares en el país desde aquellos años, sin embargo, decimos, este gran ascenso en el terreno político tuvo serias limitaciones por la ausencia de una izquierda revolucionaria que hiciera experiencia desarrollando desde la base los organismos de democracia obrera, ocupaciones de fabrica, haciendo efectiva una lucha por reivindicaciones salariales y laborales, preparándose políticamente para armar su propia estrategia de poder: conquistar un gobierno en manos de los obreros, campesinos y pobres urbanos.

El ascenso de las luchas y el descontento de las masas

En los meses anteriores al estallido, la situación iba adquiriendo una tensión cada vez mayor, la cual se expresaba en las manifestaciones estudiantiles, obreras y populares que brotaban en el panorama nacional. Los salarios de hambre que eran devorados por la inflación, que alcanzó en ese año el 52% y una tasa de desempleo del 9,6% , la pobreza general que se elevó al 70% y la extrema en un 30% , con el peso de las medidas económicas de desregulación que terminaron por estrangular los bolsillos de los sectores más pobres. En esos años el ánimo de las masas cobraba un auge importante. Las manifestaciones estudiantiles se volcaban a las calles contra el gobierno, el movimiento obrero marchaba para exigir salarios atrasados y nuevos incrementos, en el conjunto del pueblo pobre se gestaba la rabia por las míseras condiciones de vida.

El movimiento obrero en la década del ’80, y desde años antes, entraba a una fase de importantes movilizaciones y huelgas focalizadas, una que se extendió fue la huelga general de los maestros, quienes se resistían en las calles y denunciaban los ataques del gobierno, lograron una demanda contractual. En el año ’81 el sindicato de los obreros siderúrgicos –donde se agrupa un grueso del proletariado nacional– es intervenido por la burocracia oficialista de la CTV, seis años después, en el ’87, con las traiciones a la clase obrera, las bases proletarias los expulsan y asume una dirección de izquierda, La Causa R, estos procesos que venían germinando en el suena a proceso superficial) proletariado, eran signos de la decadencia que ya vivía el puntofijismo.

En la escena estudiantil ese mismo año del ’87 se presenta el “Marzo Merideño”, cuando un joven estudiante de la ULA fue asesinado por un militante de uno de los partidos de gobierno, por un hecho aislado, no político, lo que sirvió de motivo para desatar una revuelta estudiantil, con participación popular, que dominó la ciudad durante cuatro días. Los estudiantes incendiaron la casa del partido de AD y por varios días siguió una gran agitación callejera, en seguida el gobierno se mueve para “imponer el orden” con el auxilio de fuerzas de seguridad de estados vecinos y la militarización de la ciudad con el ejército. A partir de allí el ascenso estudiantil se hace cotidiano, haciéndose constantes las movilizaciones y enfrentamientos con las fuerzas represivas del Estado, las detenciones, eventuales allanamientos, y hasta asesinatos de estudiantes.

¿Qué desató la irrupción y la rabia de las masas?

Las medidas económicas del ex presidente Pérez, que salen a la luz el 16 de febrero del ‘89, se planteaban “reactivar la economía”, ese plan contempló desmontar los pocos mecanismos de ayuda a las clases más pobres, con una maniobra de tipo neoliberal de menos impuestos a los más ricos, liberalización de precios y altas tasas de interés bancarias, privatizaciones, congelamiento salarial y la aplicación de las recetas fondomonetaristas. Las políticas de ajustes apuntaron al aumento de la gasolina en un 100%, incremento de los precios del transporte en un 30% y el alza de los servicios básicos como luz, agua y teléfono. Además del “paquetazo” se cumplía el pago a la deuda externa y el endeudamiento público crecía a saltos agigantados. En esta situación el país estaba sobre un barril de pólvora, que desde las masas populares nadie se calaba más. Los hechos son conocidos.

La reacción de las masas no se hizo esperar, miles de habitantes de los barrios, que ya habían sufrido las consecuencias del “Viernes Negro” de 1983, y en medio del desabastecimiento del café, la harina y la leche, se movieron contra los abastos comerciales para apoderarse de los bienes de consumo que por días eran negados por los acaparadores. De manera espontánea y sin un objetivo político claro, la avalancha popular tomó por asalto los productos que ya resultaban imposibles de comprar. Desde abajo se comenzó a extender una serie de motines populares, comenzando en Guarenas y Guatire, el malestar popular se generaliza ante el alza vertiginosa de los precios, en un primer momento por el pasaje de 8 a 16bs. Estos hechos, como una acción defensiva y espontánea de las masas, se desarrolla en las bases mediante barricadas, quema de cauchos, incendio de autobuses, choques con la policía y en lugares de la capital como el 23 de Enero y El Valle, después de una intensa resistencia popular, combatiendo a las fuerzas represoras, termina militarizada.

Luego de rebasada la represión policial del 27, el 28 de febrero la alta oficialidad del ejército, siguiendo las instrucciones del gobierno adeco, da las órdenes de arremeter, a sangre y fuego, contra las manifestaciones populares.

Las medidas represoras y los partidos políticos que las respaldaron

Al final de la tarde de ese día “se suspenden las garantías”, se anuncia el “toque de queda” y rápidamente la morgue fue declarada “en emergencia” según apuntaban los titulares de la prensa. El derramamiento de sangre no tardó mucho tiempo. La prensa burguesa había sido censurada y las clases suspendidas “indefinidamente”. Después de los motines “fue detenida la dirección nacional de los estudiantes” y los golpearon con “bates” reseñaban las noticias.

Caldera, dirigente de COPEI y ex presidente, expresaba por los medios: “no podemos perder nuestra democracia”. La Causa R en palabras de Andrés Velásquez se refería en estos términos “no apoyamos los actos vandálicos” y hacía un llamado a las fuerzas de coacción para que “normalizaran” la situación. El MAS pedía que “se restablezca el orden sin suspender las garantías”. Es así como la “izquierda” se dirigía a las masas empobrecidas, abogando por el orden, legitimando la brutal represión, mientras los explotados se jugaban la vida por subsistir. FEDECAMARAS, la gran patronal venezolana, exigía “sean sancionados los culpables” y sin faltarle el pan en la mesa decían: “aplaudimos las medidas que están tomando las autoridades”. El ministro de defensa, Alliegro, en rueda de prensa declara: “No hay represión ni desaparecidos en Venezuela”.

El general de división Müller Rojas, militar que se sumó luego al partido de Chávez, dejo rodar estas palabras el 9 de marzo: “desde el momento en que los organismos policiales pierden la capacidad de actuar se supone que hay un estado de alteración grave a la paz, que existe una violencia generalizada y, si no hubiera actuado las Fuerzas Armadas el numero de muertos habría sido mucho mayor” . Aquí están los generales “patriotas”, en su papel de custodias del orden burgués, que no dudan en lanzar el aparataje militar contra los pobres.

Ausencia de dirección revolucionaria y el desvío hacia un reordenamiento burgués

Ante el carácter cada vez más explosivo de la situación nacional, con una crisis enorme por el agotamiento del “modelo petrolero”, la debacle de los partidos tradicionales, una izquierda reformista y capituladora que siempre apostó a gestionar el capitalismo, no hubo en el país una dirección revolucionaria del movimiento obrero y popular. Frente a tal despliegue de descontento, la gran furia popular, como decíamos, sin dirección revolucionaria y sin desarrollar tendencias de autoorganización, se expresó bajo el piso político de unos partidos por “izquierda” que sólo se preocupaban por los torneos electorales, por cambiarle el rostro a la administración del sistema, careciendo de una estrategia de clase y sin estar a la altura de los momentos claves de la semi-insurrección.

La ausencia de una izquierda revolucionaria, que hiciera experiencia en el control de fábricas, movilización tras movilización, agitación permanente por las “demandas democráticas” y al mismo tiempo se enlazaran esas peleas por un programa de transición con miras a derribar el ejercito burgués, el Estado que garantiza la propiedad de los explotadores y construir la democracia obrera con base a lo socialización de los medios de producción y la gestión de las riquezas sociales de acuerdo a los intereses de las mayorías trabajadoras, terminó en un desvío para los trabajadores y el pueblo en general.

A la luz de esta ausencia, el arrojo demostrado en las calles, la preocupación por el “desbordamiento” social, la escandalosa corruptela, los altos niveles de pobreza, el derrumbe de los partidos y la incapacidad de las clases políticas para contener las contradicciones de clases, penetró a las filas de la Fuerza Armada. En la medida que aumentaban las temperaturas y el régimen sufría una crisis de descomposición político-estatal, los mandos medios del poder militar, entre ellos Chávez, Baduel y el resto, se atrevieron a levantarse contra el gobierno inmundo de Carlos Andrés Pérez, sin tener conexión alguna con el movimiento de masas, un golpe con un carácter preventivo, es decir, en medio de una crisis de esta envergadura cuando las contradicciones sociales y el ascenso de luchas les impedía a los “partidos de turno” seguir gobernando con los mecanismos de la democracia burguesa, para los militares era clave evitar un escenario de mayor convulsión, cuando los elementos de cohesión social no funcionaban, y su papel fue evitar ese “desbordamiento” que ya ponía en peligro la estabilidad del dominio burgués. En ese sentido, frente al régimen burgués que agonizaba, donde ya había perdido toda “autoridad” sobre las masas, los militares se proponen “acelerar el cambio” de un régimen podrido por otro, pero donde siguieran intactas las bases de la sociedad burguesa.

En aquellos años el Estado y burguesía lograron aplastar la semi-insurrección, se hizo concesiones bajando los precios de la canasta básica, aumentando los salarios del sector privado y se puso en marcha la demagogia democrática. En medio de un ascendente descalabro económico, aún sin lograr recomponer la “autoridad” de la vieja maquina burguesa, sus instituciones, partidos, parlamento y el voto continuaron desgastados.

El gobierno que luego surge con Chávez en 1998, en medio de la grave crisis, se propuso desde un primer momento canalizar la rabia y el descontento en los lÍmites de la explotación capitalista, es decir, con el intervencionismo estatal en la economía su objetivo apuntó a subsanar o recomponer la gran crisis del régimen, en la legalidad del orden, con las mismas leyes que resguardan las relaciones capitalistas de producción, y hasta la fecha con los recursos estatales ha otorgado concesiones a las masas populares, para contener y adaptarlas a otra forma de dominio burgués. Cuando hoy día el capitalismo venezolano rompe todos los records en la acumulación de capitales en la banca, un gran monopolio comercial, terratenientes que privan de la tierra a millones de campesinos y se encarcelan a los pobres que roban y no a los capitalistas de etiqueta y de cuello blanco que explotan al pueblo, dejan sin empleo a los trabajadores y condenan a millones a la miseria.

En esa misma línea, Chávez se abroga un papel de simple “árbitro”, de mediador entre el capital y el trabajo, y sus políticas apenas dan para suavizar parcialmente la explotación, solo de forma transitoria por los altos ingresos petroleros, mientras continúan los graves problemas de entonces: pobreza, salarios precarios, explotación de los trabajadores, millones sin vivienda, campesinos sin tierra, servicios públicos insuficientes, etcétera.

Una estrategia obrera y popular, la independencia política.

La experiencia histórica de los gobiernos de este tipo como los primeros de Perón en Argentina, y Cárdenas en México –aunque el de Chávez es incluso más tibio con relación a aquellos–, han demostrado sus limitaciones y su papel de “colaboración de clase” con el orden existente, los caballeros que hoy gobiernan tienen como principal eje de su política construir “puentes” con los sectores del capital interno, entenderse en otros “términos” con la explotación del capital extranjero, al tiempo que, en las condiciones especiales del capitalismo petrolero y en una economía altamente dependiente de los centros imperiales, el Estado “crece” y se “eleva” por encima del movimiento de masas y busca “maniobrar” con sus necesidades, haciéndole concesiones para “contener” sus propias iniciativas de lucha, su irreverencia, consiguiendo “disciplinar” de arriba a abajo su capacidad de acción, lo que busca impedir un movimiento de las propias masas oprimidas que sobrepase los limites de “lo posible”, en la legalidad del orden y en la trampa de sus clases dominantes.

El proyecto político de Chávez y su gobierno, no son pues la continuidad revolucionaria de la rebelión social del ’89 y los años siguientes, sino su desvío y encausamiento en los estrechos límites del reordenamiento de la sociedad burguesa.

Estas conclusiones ponen al desnudo un régimen que no lucha por el fortalecimiento de la conciencia de los trabajadores, que por el contrario, se opone férreamente a ello, es un gobierno que no quiere la conflictividad obrera, que hace esfuerzos por “pasivizar” los métodos de sus luchas, y cuando los obreros hacen sus movilizaciones, huelgas y manifestaciones contra el Estado se les acusa de ser “contrarrevolucionarios”, de “desestabilizar”, se les criminaliza la protesta, y en cambio, los gobiernos abiertamente burgueses, con los que el gobierno estrecha sus lazos de otros países como China o Brasil los presenta como “aliados” de los trabajadores. Esas falacias que el gobierno repite tantas veces hacen un flaco favor a los sectores obreros y populares para su esclarecimiento en la lucha por construir una sociedad nueva.

El gobierno que habla de “socialismo” y “antimperialismo”, es contrario a la revolución, su interés es “oscilar” o “maniobrar” entre el conflicto de clases, interviniendo con los recursos para “aliviar” un poquito la pobreza, creando “ilusiones” de progreso para las masas, en una falsa conciencia, con lo que busca impedir los gérmenes de la verdadera revolución en la perspectiva de que los trabajadores luchen por construir su propio gobierno, y a su vez, su proyecto otorga créditos blandos y exoneraciones a los capitalistas criollos para desarrollar una economía amplia, donde igual se beneficia la minoría de siempre, y deja intacta las relaciones de propiedad capitalista, esa trampa no puede detenernos, conformar o paralizar, nuestra batalla, que es contra este sistema opresor que deja al pueblo desempleado, sin vivienda, con alta inflación, campesinos sin tierra y todo un aparato de poder que miente con la idea de que el pueblo “es gobierno” y “transitamos al socialismo”, cuando vemos sus alianzas con el capital nacional, y su interés en desarrollar un capitalismo “autónomo”, lo que es una utopía –además reaccionaria–en las condiciones semicoloniales de nuestros países.

Desde la LTS sostenemos que hay que pelear para que aflore una opción independiente de la clase trabajadora donde su propia experiencia, con las lecciones históricas de otros procesos, permitan dar un salto cualitativo en la batalla contra los males del capitalismo. En ese sentido elevamos la idea del socialismo proletario, que tiene un gran desafío por delante y debe emprender duras peleas por la construcción de un partido revolucionario de la clase obrera que agrupe las luchas y las banderas del campesinado y el resto de las masas populares, que impulse el desarrollo de las tendencias a la autoorganización obrera y popular para la lucha, en la perspectiva de que las organizaciones de democracia directa sean el único gobierno de la sociedad, conquistando así su autodeterminación política y social generalizada.





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