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Pan y Rosas

Jueves 27 de septiembre de 2007

Feminismo y marxismo. O la condición de la mujer en el capitalismo y en el socialismo

Fuente: Por: Livia Vargas


«Las ricas, abortan, las pobres, se mueren»

Pinta firmada por el Grupo S y tomada de alguna de estas calles

« El socialista que no es feminista carece de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia.»

Louise Kneeland

Para el momento en que me hicieran la invitación de colaborar con este número de la revista A plena voz, lo primero que se me ocurrió fue escribir unas líneas dedicadas a la fundamentación de un feminismo marxista, partiendo de la premisa de que, en el capitalismo, no puede verse desligada la cuestión femenina de los antagonismos de clase.

Cierto es que el patriarcado no surge con el capitalismo, el propio Engels dirá en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado: “En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí -se refiere a la Ideología Alemana-, encuentro esta frase: ‘La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos’. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino”[1].

Sin embargo, nada más beneficioso al capitalismo que el dominio patriarcal, la opresión a la mujer expresa más abiertamente sus contradicciones, y digo que las expresa porque hoy más que nunca se puede ver el carácter de clase que trae consigo la opresión a la mujer.

Si bien es cierto que con el capitalismo las mujeres hemos logrado conquistar ciertos derechos democráticos progresivos: el derecho al voto, el derecho al divorcio, el derecho al trabajo fuera del hogar -y esto último no por un asunto de bondad, si no más bien por una necesidad del capitalismo por multiplicar la fuerza de trabajo y obtenerla a menor costo-, entre otros, siguen perpetuándose formas de dominio y explotación que no parecen ser superadas si no con la destrucción del propio capitalismo. Hoy vemos cómo en ningún país capitalista la mujer ha logrado deslastrarse de la doble y hasta triple jornada laboral que se le impone. Y es que la liberación de la mujer de la esclavitud doméstica implicaría muchos costos y, desde la lógica capitalista ni el Estado, ni el empresario, van a tener la “bondad” de asumir los costos, ni mucho menos socializar, un trabajo que históricamente ha tenido que asumir la mujer y en condiciones de esclavitud. Parte de la ganancia del capitalista se encuentra precisamente en el trabajo del hogar no remunerado sostenido por la mujer como parte de su “rol natural”.

La mujer sigue siendo vista como la gran reproductora de la fuerza de trabajo, es decir, como la máquina de parir hijos. Su sexualidad ha quedado reducida, aún hoy, a la simple tarea reproductora o, en el peor de los casos, como objeto del placer de los varones. El derecho a la libre decisión de la mujer sobre su propio cuerpo, proyecto y procreación, sigue estando secuestrado y encerrado dentro de una discusión escolástica y oscurantista. Solo en algunos países desarrollados, en Cuba, y ahora en México DF y Bogotá, la interrupción voluntaria del embarazo no es penalizada. Del resto, y sobre todo en los países semi coloniales, la interrupción del embarazo -aborto para el común- es asumida como un crimen que, a fin de cuentas, es pagado hasta con la muerte por las mujeres pobres que, al no contar con los recursos económicos suficientes, debe recurrir a prácticas completamente inseguras que atentan contra su propia vida.

Quizás sea bueno mirar la experiencia de la Revolución Rusa, fundamentalmente sus primeros años, para ver de qué manera es que allí se vislumbraban los primeros pasos para la emancipación de la mujer. Algunas de las conquistas logradas fueron la legalización del divorcio, la legalización del aborto, la legalización de la unión homosexual, entre otras. Según Trotsky, “La revolución intentó heroicamente destruir el antiguo ‘hogar familiar’ podrido, institución arcaica, rutinaria y aplastante en la que la mujer de las clases trabajadoras está condenada a trabajos forzados desde la infancia a la vejez. A la familia, considerada como una pequeña empresa cerrada, debía reemplazarla, según la intención de los revolucionarios, un sistema acabado de servicios sociales: maternidades, casas-cuna, jardines infantiles, restaurantes, lavanderías [...] La absorción completa de las funciones económicas de la familia por la sociedad socialista, enlazando a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía traer a la mujer, y por ende a la pareja, una verdadera emancipación del yugo secular”[2]. Quizás este ensayo nos hubiese dado mejores luces si el proceso de burocratización, a la cabeza de Stalin, no hubiese frenado y echado para atrás las conquistas respecto al género que luego del 17 habrían logrado no solo mujeres, si no también homosexuales.

Creo pertinente, ahora, desviar un poco el sentido inicial del artículo, y dedicar las letras que restan a una discusión que, a mi juicio, comporta una importancia histórica y política mayor, sin dejar de estar escritas en clave marxista.

Durante las últimas semanas se ha reabierto un debate público alrededor de la condición de la mujer venezolana y la propuesta de reforma constitucional introducida por Chávez. Se comienzan a ver otra vez pintas en las calles que se atreven a exigir abiertamente algunos de los derechos por los que históricamente ha luchado la mujer: “anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, “las ricas abortan, las pobres mueren”, “reconocimiento al trabajo de la mujer ama de casa”, son algunas de las consignas que logran mostrar las paredes. Sin embargo, y aunque se exponga un discurso de equidad en el género, las demandas fundamentales de la mujer, una vez más, han quedado silenciadas y guardadas en el cajón de los “asuntos sin importancia”. Siguen quedando marginadas las demandas de la mujer, y sigue viéndosela desde la tradicional forma patriarcal que la asume como “espíritu sacrificado”. La condición de la mujer trabajadora no ha variado mucho en los últimos años, y las condiciones de explotación a las que está sometida, tampoco, aún cuando la mujer ha demostrado una y otra vez su total y entrega y disposición de lucha por la construcción de un mundo mejor. Alrededor de 5 mujeres son asesinadas semanalmente en nuestro país por razón de su género, según cifras anunciadas en el Diario VEA el pasado 2 de septiembre. Desconocemos la cantidad de mujeres que quedan estériles o que mueren por abortos clandestinos, en vista de la total ausencia de registros al respecto. Desconocemos también el número de violaciones y casos de violencia intrafamiliar que día a día suceden en cualquiera de los rincones y hogares del país, en tanto que este registro no es público o es de difícil acceso. “Según cifras del Instituto Nacional de Estadística correspondientes al segundo semestre del 2006, el 23% de las mujeres económicamente activas tiene entre 2 y más años buscando trabajo. Del total de las y los ocupados, sólo el 39,1% corresponde a las mujeres, sin contar con que, para este instituto, el trabajo doméstico no es considerado como ocupación y, más bien, se lo coloca junto con el sector inactivo junto con el estudio y la discapacidad. Del total de mujeres [económicamente activas] que residen en el país, el 21,60% se dedica de forma exclusiva al trabajo del hogar, mientras que, del total de los hombres, solo el 0,38% se dedica de forma exclusiva al trabajo doméstico [...] Es de acotar también que, de las mujeres ocupadas, el 63,8% percibe un ingreso menor a 500.000 bolívares, el 33,56% percibe entre 500.000 y 1.499.000 y solo el 2,68%, percibe un ingreso mayor al 1.500.000 bolívares [...]”[3].

Visto este panorama, sigue en permanente vigencia la lucha por una verdadera revolución social que brinde las condiciones para la emancipación de la mujer, retomando y llevando hasta el final los pasos dados durante los primeros años de la Revolución Rusa.

Notas [1] Friedrich Engels, La familia, la propiedad privada y el Estado, Obras escogidas, tomo III, Marx y Engels, Moscú, Editorial Progreso, 1974, p.p. 253 s.

[2] León Trotsky, La revolución traicionada, Argentina, El Yunque Editora, s.f.

[3] Tatiana Malaver, “Mujeres y socialismo del siglo XXI”, www.jir.org.ve/article.php3?id_article=394





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