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Periódico / Cultura

Jueves 25 de noviembre de 2010

CUANDO EL CINE NOS HABLA DE LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA EN CUBA

HABANA EVA, UNA CRÍTICA

Por Lucas Toro


Ambientada en medio de antiguos, hermosos y deteriorados edificios y casonas de la era republicana, que armonizan con la catedral y las plazas de la colonial y legendaria Habana Vieja, la cineasta venezolana Fina Torres (Oriana, 1985; Mecánicas Celestes, 1995; Las mujeres arriba, 2000), realiza su última obra donde una vez más nos cuenta acerca de su preocupación fundamental: el tema de la identidad femenina y de su lucha contra el orden patriarcal.

Apoyada en un trabajo fotográfico impecable, nos relata la historia de Eva, una joven obrera habanera de una fábrica estatal de vestidos de novia, que ante un inesperado encuentro, decide jugársela contra el alienante y aburrido orden imperante en su vida: su padre, su novio, la burocracia, la sociedad de conjunto que la ha aplastado desde siempre.

La película deja ver varios de los elementos sobresalientes de la Cuba de los últimos años, entre los que destacan la inmensa cantidad de turistas extranjeros que vienen en busca de disfrute relajado y placer barato a cambio de dejar sus dólares y euros para respiro y complacencia de la burocracia gobernante, pero para insatisfacción y desolación de la oprimida población joven y obrera del país. Aparece también en escena uno de los fenómenos sociales más denigrantes y tristes que ha dado lugar justamente esta deshonrosa contradicción, provocada y promovida directamente por la política de restauración del capitalismo llevada adelante por la burocracia que gobierna la isla: el jineterismo. Fenómeno que Fina Torres, -¡ay! qué contradicción de la directora-, pretende presentarnos no como opresión a la mujer sino como salida de emergencia contra la opresión.

Si bien es cierto que en la Cuba de la revolución el tema de la opresión sobre la mujer es una tarea pendiente por resolver, no es menos cierto que es en el capitalismo donde esta opresión encuentra menos posibilidades de ser resuelta, pese a que la obra nos insinúa la promesa de la restauración capitalista como alternativa para la liberación femenina, tanto en el plano de la realización sexual como en el de la realización económica. Aquí la película ya cae bajo.

Es así que degrada al pasar de ser una obra supuestamente preocupada por la situación de la mujer en Cuba, al plano de colorido y “divertido” panfleto ideológico promotor de la restauración capitalista en la isla, felicitando las medidas que la burocracia gobernante viene tomando en ese sentido (para complacencia y conveniencia de los tiburones burgueses del mundo entero y de los gusanos de Miami, por cierto). La misma directora lo justifica cuando afirma: “En esa fábrica todos los vestidos que se hacen son iguales, pero el alma de diseñadora de Eva -la protagonista- no se deja confinar en esos límites, ni tampoco en los creados por la conformidad de su novio, un cubano bueno y trabajador, pero con falta de determinación para salir adelante. La vida de Eva cambia cuando conoce a un atractivo y muy capitalista exiliado que le abre un mundo de posibilidades, pero después de muchas vueltas, sorpresas y decepciones, ella tiene que escoger entre dos hombres, es decir, entre dos opciones de vida que parecen contradictorias, pero que resultan ser complementarias” [1] ¡Qué lástima!

Para nadie es un secreto que la actual dirección política de la isla, representada por el poderoso anciano Raúl Castro, está decidida a restaurar parcialmente el derecho de propiedad privada. Hoy esta burocracia, luego de haberle impuesto al proletariado y al pueblo cubano por medio siglo un modelo de no participación en la dirección de la economía y de la política y, luego de veinte años de acuerdos y pactos con los capitalistas extranjeros, no tiene más remedio que echar el resto y terminar de claudicar ante el imperialismo antes que pasarle por la mente la posibilidad de entregarle el gobierno y los destinos de la Revolución al proletariado cubano mismo. En eso, el gobierno bolivariano de Venezuela, el gobierno del “Socialismo con empresarios” tiene mucho en qué estar de acuerdo con sus homólogos cubanos; quizás por ese motivo fue que la Villa del Cine de Venezuela y el Instituto Cubano de la Industria Cinematográfica contribuyeron económica y técnicamente en su reaccionaria realización, así como el Festival de Cine de Margarita (organizado por el Ministerio del ¿Poder Popular? para la Cultura del gobierno bolivariano) la exalta como una de las obras cumbres del cine nacional venezolano, la premia y la aplaude ruidosamente, como ya lo hicieron semanas antes en festivales de cine en Los Ángeles-California, Nueva York y… ¡Miami!

No son casualidades las distintas escenas en la película: el galante burgués venido del extranjero entregando el viejo título de propiedad de una de las elegantes casonas a sus ancianas tías, las cuales a modo de celebración sacan a relucir la antigua porcelana europea de los tiempos anteriores a la revolución como una vuelta al pasado capitalista; o la propia Eva gestionando el permiso ante la burocracia para montar su negocio propio, tal cual la nueva ley cubana promueve como “paliativo” frente a los masivos despidos de empleados estatales; o las escenas de los obreros y empleados bajo la dirección de la flamante nueva empresaria; y al final de la trama, en los últimos sesenta segundos de la película, podemos ver a Eva, la obrera protagonista (ahora convertida en glamorosa empresaria) recién casada y feliz, desfilando frente al malecón montada en un elegante automóvil norteamericano y disfrutando ya del prometedor futuro que le deparan sus dos maridos: su novio de siempre, cubano y asalariado, y su recién aparecido príncipe azul, venezolano y burgués: “contradicciones que se complementan” dice la directora.






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