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Jueves 6 de noviembre de 2008

CRISIS ECONÓMICA INTERNACIONAL

La "cuestón monetaria" y el equilibrio capitalista

Por Paula Bach / Econocrítica Nro. 7


Más allá de los vaivenes episódicos, de los derrumbes bursátiles estrepitosos, de las caídas y salvatajes bancarios, de los billones de dólares y euros en constante movimiento que conmueven al mundo, más allá de alguna que otra alza vertiginosa, y de la recesión económica ya desatada, es evidente que algo profundo se está gestando tras el telón de fondo de la llamada “crisis financiera” internacional. Es cierto, como muchos analistas gustan decir, que la historia no se repite. ¡Menos mal! Porque de repetirse…no habría futuro. Sin embargo, que la historia no se repita no anula la existencia de similitudes, de analogías ni tampoco destierra las características comunes de los fenómenos económicos, políticos, sociales y militares que se desenvuelven bajo la lógica de determinadas relaciones sociales de producción tales como las que habitan en el sistema capitalista que a partir de fines del siglo XIX, principios del siglo XX, existe bajo la forma de lo que hoy conocemos como el capitalismo imperialista.

La actual “crisis financiera” que ya está mostrando las primeras escenas de la recesión, tanto por su magnitud como por los problemas que plantea, aparece como el emergente del estallido de profundas contradicciones que el capitalismo mundial ha venido acumulando durante los últimos aproximadamente 40 años. La “cuestión del dólar”, la “cuestión china”, la “cuestión europea”, son algunos de los problemas que hacen pensar que la crisis económica en curso se presenta como la antesala del fin del equilibrio capitalista que aún luego de su debilitamiento en los años ‘70 se ha mantenido desde la segunda posguerra mundial hasta nuestros días. No es sólo la magnitud de las caídas, ni los primeros síntomas recesivos, sino que dichos episodios se produzcan sobre un andamiaje extremadamente débil, sobre un equilibrio profundamente inestable, lo que trae a la memoria elementos de similitud con los años ‘30 y su antesala, los años ‘20.

La actual crisis económica iniciada con la debacle financiera en curso merece ser comparada con la depresión de los años ‘30 no porque exista una equivalencia entre ambos períodos, no porque los problemas se manifiesten de la misma forma, no porque no existan importantes diferencias, tampoco porque no puedan hallarse similitudes con otras crisis como la del ‘73-‘75. No, la crisis económica actual y su devenir merecen ser comparados con la crisis del ‘30 por el tenor de los problemas económicos, políticos, militares y sociales que están entrando en escena. Y muy en particular, porque comprender la magnitud de los asuntos que se ponen en juego permite evaluar y prepararse para la magnitud de las respuestas –tanto del lado del capital como de la clase obrera– que en los años venideros estarán llamadas a entrar en acción.

La “cuestión del dólar”

En un contexto en el cual aproximadamente el 80% de las transacciones internacionales diarias en monedas se realizan en dólares y un 70% de las reservas mundiales están invertidas en dólares y en bonos del Tesoro, la crisis de la economía norteamericana lleva a que su moneda se encuentre por vez primera seriamente cuestionada, desde los acuerdos de Bretton Woods, como moneda fuerte internacional y resguardo de valor. Particularmente desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos en agosto de 2007, el dólar ha venido sufriendo un importante proceso de devaluación. Sin embargo, en el curso de los dos últimos meses, aún cuando la economía norteamericana se encuentra en una situación extremadamente vulnerable, el dólar se ha venido revaluando. Sin entrar aquí en el análisis que explica los movimientos coyunturales, merece ser interpretado el fenómeno de que tanto el dólar como los bonos del Tesoro norteamericano (aún rindiendo un interés cercano a cero), continúan siendo considerados el refugio más “seguro” de valor. Este fenómeno está asociado a “la herencia de su (de Estados Unidos, N. de R.) fortaleza económica y de su hegemonía política y militar. Pero hoy esa potencia económica se está debilitando” (Alfredo Zaiat, Página/12, 18/10/08). Es esta “herencia”, realimentada por la incapacidad del euro de actuar como moneda hegemónica de reemplazo, la que continúa (por ahora) manteniendo al dólar como moneda fuerte y como reserva de valor. La situación crítica que se plantea con la vulnerabilidad de la economía norteamericana de un lado y la continuidad de la atracción de capitales foráneos por parte del Estado y el rol del dólar como moneda hegemónica mundial, del otro, no constituye un asunto menor. Lejos de representar una cuestión de “contabilidad internacional”, el poder del dólar se recuesta sobre las bases y condiciones del equilibrio económico surgido a partir de la segunda posguerra mundial. El sistema monetario internacional sobre el que descansa el intercambio de mercancías y el sistema de crédito es algo análogo al sistema circulatorio en el cuerpo humano. El sistema monetario “bombea” la producción de valores, su intercambio y un funcionamiento más o menos normal de la división internacional del trabajo. Las crisis de los sistemas monetarios internacionales son siempre el emergente de las crisis de producción y de circulación mundial de los valores, son siempre el emergente de la contradicción entre las fronteras nacionales y el desarrollo de las fuerzas productivas sociales.

Por eso, la actual crisis del dólar plantea problemas de alto impacto en el escenario mundial. No está de más recordar que el primer ministro británico Gordon Brown (hoy en estrecha relación con el derechista francés Nicolás Sarkozy), viene vociferando la necesidad de reformular el sistema monetario internacional abogando incluso por crear un “nuevo Bretton Woods”. El problema es que muy difícilmente un nuevo “orden monetario” internacional que no es más que el corolario del orden económico, político y militar, pueda establecerse con las armas del diálogo y de la paz entre los capitostes de los principales Estados. Porque los problemas del orden monetario y de la moneda fuerte expresan la cuestión nada más ni nada menos de quién “gerencia” al mundo.

El doloroso establecimiento de la hegemonía del dólar

Hasta hoy en la historia del desarrollo del capitalismo imperialista mundial existió sólo una gran crisis del sistema monetario internacional, diversas crisis monetarias parciales –crecientes en número durante los últimos años–, y un importante cimbronazo en el año 1971 (al que haremos referencia en el próximo apartado). La gran crisis se produjo en 1914 con el resquebrajamiento del “patrón oro” sobre el que se sustentaba el poder de la libra esterlina y con él la hegemonía del imperio británico. La crisis del patrón oro y de la libra que expresaban la decadencia del imperio inglés y el comienzo de la lucha internacional de las potencias imperialistas por la redistribución del mundo, abrieron la época más convulsiva del capitalismo internacional en la cuál se inscribe tanto el triunfo de la revolución rusa como el estallido de las dos grandes guerras mundiales y el crítico período de entreguerras. Recién logró reestablecerse un nuevo patrón monetario internacional al momento en que daba a luz un nuevo orden económico, político y militar mundial: el de la hegemonía imperialista estadounidense. Fueron necesarias dos guerras mundiales con un saldo de alrededor de 60 millones de muertos, un nivel inédito de destrucción de fuerzas productivas humanas y materiales, fatales derrotas como el triunfo del fascismo en Alemania o Italia y el aniquilamiento de procesos revolucionarios como por ejemplo el de España o Francia, para que un nuevo “orden monetario” internacional entrara en vigencia. En el año 1944 en Bretton Woods, Estado de New Hampshire, se reúnen los representantes de 44 países y resuelven la creación de organismos de control y monitoreo del comercio y las finanzas mundiales como el FMI y el Banco Mundial, la fijación de tasas de cambio entre las diversas monedas del mundo y, en particular, reconocen la convertibilidad entre el oro y el dólar estadounidense de forma tal que esta moneda se convirtiera en la reserva monetaria mundial. Este reconocimiento significaba aceptar finalmente que Estados Unidos era el nuevo hegemón imperialista y que su moneda era “tan buena como el oro”. Mientras, la Unión Soviética, presente en la reunión, no aceptaba integrarse al nuevo patrón monetario, constituyéndose en la potencia competidora al dominio norteamericano. Esta competencia se basaba en la ruptura de las relaciones capitalistas de producción que, luego del triunfo de la revolución china en 1949, abarcaban un tercio del globo.

Primeras turbulencias del “patrón dólar”: nueva modalidad del equilibrio capitalista

En las postrimerías de la década del ‘60, la caída de la tasa media de ganancia que indujo al fin del boom económico de posguerra, sacó a luz las primeras manifestaciones de debilidad del patrón monetario gestado en Bretton Woods. Alemania y Japón se habían recuperado bajo el ala norteamericana y sus economías, con una productividad creciente, y empezaban a aparecer como una amenaza relativa al liderazgo económico indiscutido de Estados Unidos. La aparición en escena del déficit comercial de quien había sido el mayor acreedor del mundo en el período de entreguerras y en la segunda posguerra, era uno de los primeros síntomas de debilitamiento de la economía norteamericana. El principal hegemón imperialista estaba perdiendo la carrera de la productividad con sus principales rivales. La consecuencia “monetaria” era que el dólar comenzaba a dejar de ser “tan bueno como el oro”. La crisis de la equivalencia del dólar con el oro era una manifestación de las dificultades para la valorización del capital que habían entrado en escena. La situación de la moneda es un emergente de la situación de la economía, por tanto, mantener la paridad establecida en Bretton Woods implicaba una rigidez sobre el dólar que acarreaba como consecuencia el endeudamiento creciente del principal Estado imperialista. Esta situación llevó al país del Norte a dar por finalizados en el año 1971 los acuerdos de Bretton Woods, desenganchando al dólar del oro y eliminando para siempre el “patrón oro”. Desligar al dólar del oro era una medida que buscaba una devaluación parcial de la moneda norteamericana persiguiendo reestablecer la competitividad internacional de Estados Unidos. Sin embargo la ruptura de los acuerdos sellados en 1944, aunque abandonaba la convertibilidad dólar/oro, mantenía las tasas de cambio fijas, lo cual no se ajustaba al creciente déficit comercial de Estados Unidos y la necesidad de un dólar más débil. La relación de tasas de cambio fijas fue sustituida finalmente en 1973 por la flotación libre de las monedas permitiendo una fuerte devaluación del dólar respecto al marco y al yen, restaurando la competitividad norteamericana y permitiéndole volver al camino del superávit comercial, a la vez que descargaba la crisis sobre el resto del mundo. De este modo, Estados Unidos recuperaba posiciones tras una “maniobra contable” al tiempo que no se alteraba el rol del dólar como moneda de referencia para la mayoría de las transacciones y como reserva preferida de valor. Sin embargo esta situación se obtenía eliminando de cuajo el lugar del oro como mercancía equivalente universal y respaldo del papel moneda. De ahora en más, el valor del dólar quedaría anclado sin más a la ¿fortaleza? del imperio americano. El ascenso de masas comenzado en el año 1968 y la derrota norteamericana en Vietnam en el año ‘75 resultaron otros tantos golpes a esa fortaleza. En el período subsiguiente el dólar entra en un proceso de devaluación profunda que hace peligrar su poder en el mundo y lleva al gobierno norteamericano a indicar un fuerte aumento de las tasas de interés a partir del año 1979. En cierto modo, las cartas del poderío norteamericano ya estaban echadas, un dólar fuerte –dada la debilidad relativa del imperio americano– sólo podía estar asociado al endeudamiento que en el transcurso de las próximas décadas iría convirtiendo al mayor acreedor en el mayor deudor del mundo. El equilibrio mundial había sido golpeado pero no se había roto en gran parte “gracias” a las derrotas sangrientas propinadas a los trabajadores y sectores populares en la “periferia”, al desvío de los procesos revolucionarios en algunos países centrales, y a las posteriores derrotas que dieron paso al “reaganismo-thatcherismo”. Durante la década del ‘80, el rol hegemónico del dólar fue adoptando una modalidad específica que puede denominarse la “nueva forma que adoptó el equilibrio capitalista”. El endeudamiento creciente del Estado norteamericano a muy baja tasa de interés fue subvencionado por el “ahorro” (las reservas) en especial de países como Japón, China y los países árabes. Esta relación perversa en la cual el poderío del dólar ha venido estando asociado al endeudamiento americano alimentado por países que devinieron grandes productores de mercancías pero que poseen mercados internos reducidos, estuvo sosteniendo a Estados Unidos como el gran “comprador del mundo” y constituye uno de los elementos claves de la forma particular que el equilibrio capitalista fue adoptando en el curso de los últimos veinte años aún sin poder evitar las crisis recurrentes (como las de los años ‘87, ‘89-‘91; 2000-‘01; etc.). Este equilibrio es el que ha comenzado a resquebrajarse y es por ello que el “brillo” tardío del dólar hoy empieza a parecerse a la imagen que desde la tierra podemos observar de las estrellas: una versión de algo que sucedió en tiempo pasado.

El dólar: ¿un “juguete” en las manos de…?

Aún cuando la primera guerra mundial no había podido resolver el problema de la hegemonía imperialista y aún cuando al capitalismo mundial se le había incrustado la dolorosa espina de la revolución rusa, aún cuando el equilibrio mundial no se hubo reestablecido tras la primera guerra, a mediados de los años ‘20 se produce una estabilización de la economía internacional. En parte debido a la derrota de los procesos revolucionarios en Alemania, Hungría y otros países que dejan a Rusia en clara desventaja, en parte como política del capital para contener la convulsiva situación del movimiento de masas y en parte también como subproducto de la destrucción de fuerzas productivas legada por la guerra, la economía capitalista mundial, sin que se logre un reestablecimiento del equilibrio previo, entra en un proceso de estabilización y crecimiento que pasó luego a la historia como la “belle époque”. Uno de los aspectos claves que permitió este proceso fue la estabilización de la moneda, que constituye el rasgo más claro de la estabilización capitalista. Sin embargo, lo notable del caso y que encuentra ciertos elementos de semejanza al tiempo que permite señalar agudas diferencias con el período actual, es el modo en que la estabilización de la libra esterlina se produjo.

Haremos referencia a algunas apreciaciones de León Trotsky, no por “dogmatismo” sino porque fue prácticamente el único de los dirigentes marxistas revolucionarios “clásicos” que pudo vivir y analizar lúcidamente ese período. En 1925 decía: “El país más rico de Europa –Gran Bretaña– ha estabilizado actualmente su libra esterlina. ¿Cómo la estabilizó? Por medio de un préstamo de 300 millones de dólares de Nueva York, de modo que si la libra esterlina cae en su valor, el capital norteamericano la debería salvar. La consecuencia de esto es que ahora la libra esterlina se ha vuelto un juguete en las manos de la Bolsa de Valores norteamericana, la cual en cualquier momento podría debilitarla”.1 Para agregar luego: “La estabilización de la libra esterlina con el oro es indudablemente un elemento de ‘regulación’, pero al mismo tiempo la estabilización de la moneda sólo revela de forma más clara y precisa la decadencia de Inglaterra y su colosal dependencia de Estados Unidos”2. Buscando establecer una analogía ¿no podríamos decir que hoy el dólar es una especie de “juguete” en las manos de las reservas y los bancos centrales en particular de China y Japón, aunque también en menor medida en manos de los países árabes petroleros y en parte también de los países europeos? Sin lugar a dudas lo que podríamos llamar la cuestión de la “estabilización del dólar”, la continuidad (por ahora) de su fortaleza, es un fenómeno dependiente de la afluencia de billones de dólares de reservas que estos países mantienen en bonos del Tesoro y en la divisa norteamericana. Si en particular China retirara los alrededor de 2 billones de reservas de Estados Unidos y Japón hiciera lo propio, el desbarranque del poder del dólar sería un hecho. Sin embargo es preciso destacar que si bien la analogía parece sensata, múltiples son las diferencias. En primer lugar China y Japón en 2008, nada tienen que ver con lo que Estados Unidos era en los años ‘20 y ‘30. En los años ‘20, los Estados Unidos poseían uno de los mayores mercados internos del mundo y sin embargo sus fronteras nacionales representaban una sólida traba para la salida de sus mercancías excedentes y por ello era enteramente dependiente, entre otros, del mercado europeo al que a su vez acicateaba permanentemente robándole zonas de influencia. En los años ‘20 Estados Unidos era ya una potencia no sólo económica (generaba el 40% de la producción mundial de acero y hierro, poseía casi la mitad de las reservas en oro del mundo, la productividad del trabajo era 1,5 veces mayor a la británica, y el valor de la libra esterlina ya se calculaba en dólares), sino también militar. El desarrollo de China hoy, muy por el contrario, es el producto de la restauración capitalista en ese país que fue utilizado como plataforma para la estrategia del abaratamiento de costos de las transnacionales en búsqueda de mano de obra barata. Japón es una potencia imperialista seriamente debilitada que aún no ha podido salir de la crisis en la que quedó sumergida durante toda la década del ‘90. Ambos países mantienen una gran dependencia del consumo norteamericano, motivo por el cual el retiro de los fondos que solventan los déficits de Estados Unidos significaría liquidar el destino más poderoso de sus excedentes. Sin embargo, la analogía vuelve a validarse cuando se consideran las constantes caídas del consumo interno norteamericano y la posibilidad (hoy muy presente) de que se profundice la recesión en el país del Norte. De darse esta situación, de no representar más Estados Unidos un mercado fundamental para las exportaciones chinas y japonesas, ¿por qué razón estos países continuarían manteniendo sus reservas en dólares y en bonos del Tesoro norteamericano? Los recientes intentos desesperados de China por vigorizar su escuálido mercado interno a través de una especie de (contra) reforma agraria (más allá del muy probable fracaso de esta política), podrían considerarse un presagio.

La Unión Europea no es “supraestado”: un viejo-nuevo problema

En los años ‘20 el economista inglés John Maynard Keynes llamó al continente europeo una “casa de locos”. Hoy algún periodista la denominó “armada brancaleone”. Los intentos de unidad de Europa –y el rol del euro– representan un problema agudo que se pone de manifiesto hoy con toda su fuerza aunque no por primera vez en la historia del capitalismo imperialista.

Una de las grandes cuestiones que llevaron al estallido de la primera guerra mundial en el año 1914 fue la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas de los países europeos y el freno que a esa expansión representaban las estrechas fronteras nacionales. “Se había lanzado la guerra porque el capital europeo se encontraba oprimido en los cuadros de los Estados nacionales. El capital esforzaba por ensanchar estos cuadros, por crearse un campo de acción amplio; el más activo entonces era el capital alemán, que se había propuesto como fin ‘organizar a Europa’, destruir sus barreras aduaneras. Pero ¿cuál ha sido el resultado de la guerra? El Tratado de Versalles ha creado en Europa 17 nuevos Estados y territorios más o menos independientes, 7.000 kilómetros de nuevas fronteras, barreras aduaneras en proporción y, a cada lado de estas nuevas fronteras, puestos, y tropas”3. El resultado de la primera guerra no había resuelto el problema de las fronteras nacionales sino que lo había agravado. Por esos años el capitalismo imperialista americano aparecía en escena amenazante, como principal acreedor de Europa y robándole mercados a cada paso. La determinación final de Estados Unidos de entrar en la segunda conflagración mundial para pelear decididamente por la hegemonía, constituyó un elemento fundamental que salvó al capital del marasmo. Más tarde Europa se recuperará bajo el ala de la hegemonía americana a la vez que Estados Unidos logra superar parcialmente el límite de sus fronteras nacionales usando la “tierra arrasada” europea como “nuevo espacio” geográfico para la acumulación de capital. Hacia fines de los años ‘60, el fin del boom de la segunda posguerra conmovió el status quo internacional. No sólo se produce la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods sino que Europa, luego de años bajo “tutela” americana, inicia una “larga marcha” en la que intentará constituirse como un bloque regional interimperialista. Recién tras la caída de la URSS y el desmembramiento del bloque oriental entre los años 1989 y 1991, en un tortuoso proceso que abarca el período 1992/1995, se constituye la Unión Europea, el Banco Central Europeo y la moneda común, el euro. Pero es precisamente en los momentos de crisis aguda cuando se ponen de manifiesto con toda agudeza las intensas contradicciones interburguesas y la rivalidad de intereses nacionales que enfrentan a los 27 estados que conviven al interior de la denominada Unión Europea. Los cimbronazos más violentos de la crisis financiera fueron testigos de un inicial “sálvese quien pueda” en el que cada Estado de la “Unión” ofrecía una suma mayor de euros para garantizar los depósitos de sus bancos en crisis. Esta prueba (si las hay) de los intereses nacionales encontrados se erigió como una seria amenaza sobre la “unidad” y en particular sobre el euro. La “casa de locos” reaccionó a último momento superando la apuesta norteamericana e intentando mostrarse ante el mundo como lo que no es: un “supraestado”. La apuesta tranquilizó un poco las aguas de las agitadas finanzas. Pero los gestos son sólo eso, gestos. El problema de la unidad europea a pesar de la UE, del BCE y del euro, aún continúa irresuelto y lo más probable es que, de profundizarse la crisis, no sólo se agudicen las contradicciones entre los 27 estados integrantes, sino que se ponga en cuestión la propia existencia del euro.

El comienzo de la ruptura del equilibrio capitalista

Nos hemos referido a la relación de dependencia que se pone de manifiesto en el sostenimiento del dólar por parte de países con alto “ahorro” que financian el endeudamiento norteamericano y garantizan el rol de Estados Unidos como “comprador del mundo.” Hemos definido esta relación como uno de los aspectos de la nueva modalidad del equilibrio capitalista durante los últimos aproximadamente veinte años.

Este factor constituye un elemento de alto calibre en la situación económica internacional porque da cuenta de la forma particular que adopta hoy el funcionamiento de la división internacional del trabajo. La negación de las formas necesarias que adopta el intercambio de los excedentes mercantiles en la arena internacional, está en la base tanto de los defensores de la vulgar teoría del desacople que presuponen que países como por ejemplo China, debido a su fuerte crecimiento son capaces de resistir un hundimiento de la economía norteamericana o, una versión más sofisticada de esa teoría, que presupone que la “salud” de la economía capitalista mundial se mide a través de la vara de los índices de crecimiento económico. Vale la pena recordar que otra vez en los años ‘20 –y con razón, como se demostró posteriormente– Trotsky señalaba que la cuestión fundamental del desarrollo mundial de las fuerzas productivas no debía considerarse mediante el cálculo de los índices de producción sino observando los antagonismos económicos. Refiriéndose a la relación entre Estados Unidos y Europa planteaba: “La potencia productora de América crece incesantemente; pero el mercado cesó de existir, porque Europa se arruinó y no encuentra el medio de comprar las mercancías americanas. Es como si Europa hubiera ayudado con todas sus fuerzas a América a subir a la más alta cima, para luego sacar la escalera”4. Toda analogía histórica es, por definición, parcial. Y para plantearla de modo tal que dé cuenta de la realidad presente es preciso analizar similitudes y diferencias así como el peso relativo de cada una de ellas. Desde un ángulo estrictamente parcial, enfocado sólo sobre el flujo de capitales financieros y el comercio bilateral, ¿no es como si Estados Unidos hubiera ayudado a China a subir a la cumbre y estuviera ahora por sacarle la escalera? ¿No está China –aunque también Japón– a través del bombeo de yuanes y yenes hacia el dólar y hacia los bonos del Tesoro norteamericano, intentando sostener la escalera? Pero la analogía concluye allí. Porque las características del desarrollo norteamericano de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y el actual desarrollo de China, difieren por el vértice. China es un país exportador de productos industriales esencialmente de bajo valor agregado, basado en una fuerte extracción de plusvalía absoluta y baja productividad del trabajo en comparación con los países centrales, con un nivel de apertura respecto de la economía mundial inédito en países de su envergadura –sólo mitigado parcialmente por la ausencia de convertibilidad del yuan es decir, por un cierto control de cambios–, y un gran subdesarrollo en relación con su sobrecapacidad productiva diseñada en función de las necesidades de una economía mundial en expansión. China “(…) ocupa la posición número 100 entre todos los países en términos de ingreso per cápita (…) Aunque los 1.300 millones de chinos consumieron cerca de U$S 1,2 billones el año pasado, los 300 millones de estadounidenses consumieron U$S 9,7 billones”5. En China ya se ha instalado una tendencia a la sobreacumulación de capitales como subproducto de que constituye un nicho de alta tasa de ganancia, foco de atracción de los capitales transnacionales y de la competencia de los gobiernos locales. Esta distancia infinita entre Estados Unidos en los años ‘20 y la China actual hace pensar que los problemas de la división internacional del trabajo y los antagonismos económicos vuelven a entrar en escena pero de una forma mucho más “dramática”, por decirlo de algún modo, del aspecto que adoptaron en la década del ‘20. Lejos de agazaparse para conquistar el mundo China –y también Japón– más bien intentan “sostener la escalera” del comprador del Norte. ¿Qué otra cosa sino una sobreproducción de mercancías fenomenal puede esperarse en estos países si la recesión en Estados Unidos se profundiza abandonando el rol de gran comprador mundial?

Por su parte Europa combina tendencias a la desintegración que amenazan la viabilidad de euro, con la presión a coordinar medidas de acción comunes de los Estados miembros de la Unión Europea, producto de la crisis que genera la debilidad del liderazgo norteamericano. De profundizarse la recesión en curso en Estados Unidos, de continuar aumentando la desocupación y la caída del consumo interno, Norteamérica abandonará su papel de “comprador del mundo” con lo cual dejarían de afluir hacia ese país las masas de capitales que hoy sostienen al dólar pudiendo provocarse una fuerte devaluación del patrón preferencial del intercambio y la reserva mundial de valor. La crisis en curso replantea en otra escala el gran problema que le dio el tono al pasado período de entreguerras. El drama del capital de los años ‘20 era que mientras la hegemonía británica estaba acabada, la hegemonía norteamericana aún no se había instalado. La ausencia actual de algún hegemón de reemplazo replantea el problema en otros términos: la hegemonía americana no va más pero no hay postulante para su reemplazo.

En una situación semejante, la intención de recrear un nuevo Bretton Woods resulta, por decir lo menos, utópica. Tras ella sólo puede visualizarse el intento de Gran Bretaña o de Francia de influenciar de alguna manera las decisiones de Estados Unidos. Cuestión a la cual Norteamérica, aunque debilitada, ofrecerá resistencia en el marco de una fuerte disputa con la Unión Europea por atraer los capitales que buscan una divisa segura. En última instancia, las iniciativas de los gobiernos europeos muestran cómo, en los próximos meses, las soluciones a la crisis y sus distintas secuelas (financieras, económicas, sociales y políticas) no van a converger, aunque se realicen reuniones, declaraciones o acuerdos circunstanciales ante el peligro de catástrofe. Lo que es bueno para el resto del mundo no lo será posiblemente para los Estados Unidos y en adelante, los distintos gobiernos deberán hacer sus propias elecciones como lo pusieron recientemente de manifiesto los gobiernos de Europa con su primera iniciativa global por delante de los EE.UU. desde la creación de Bretton Woods.

Lejos de lograrse una iniciativa global para establecer algún tipo de nuevo sistema monetario estable, tenderán a agudizarse las contradicciones entre las potencias. Incluso no se puede descartar que –de mediar un debilitamiento cualitativo del dólar– se genere un agudo desconcierto político de la potencia dominante y una mayor fragmentación del sistema monetario mundial.

Es posible que estemos al inicio de un período, probablemente largo, que incluya tendencias a la formación de bloques, o alianzas coyunturales inestables, junto a una mayor tensión política, económica y social, entre los distintos Estados y en el interior de cada uno de ellos, que nuevamente traiga a escena todas las características de una época no sólo de crisis agudas sino también de guerras y revoluciones.

Notas

1 “Sobre la cuestión de la ‘estabilización’ de la economía mundial”, 25 de mayo de 1925, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999, pág. 75.

2 Ibídem, pág. 78.

3 “Europa y América”, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, op. cit., pág. 108.

4 “La situación mundial”, junio de 1921, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, op. cit., pág. 44.

5 “La locomotora china pierde velocidad y el resto del mundo acusa el impacto”, Wall Street Journal, 21/10/08.





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