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Otros Artículos / Teoría

Martes 7 de octubre de 2008

Sobre el autonomismo criollo y la lucha de clases en Latinoamérica

La difusa frontera entre el autonomismo y el liberalismo

Por Matías Maiello


Luego de las jornadas revolucionarias de diciembre de 2001 en la Argentina, sectores de la intelectualidad que habían recepcionado favorablemente las nuevas elaboraciones de teóricos como Toni Negri, Paolo Virno o John Holloway, tuvieron viento en popa en lo que a influencia ideológica se refiere. La bonanza contribuyó a consolidar viejos y nuevos agrupamientos como el Colectivo Situaciones, el Colectivo Nuevo Proyecto Histórico, La Escena Contemporánea. Revistas provenientes de otras tradiciones como Herramienta, Cuadernos del Sur o El Rodaballo abrieron sus puertas de par en par a las “nuevas” ideas. Tampoco faltaron a la cita los conversos como el exdirigente del PRT Luis Mattini. El furor llegó a tal punto que Horacio González -con quien discutimos en otro artículo de esta revista- intentó establecer algún tipo de relación entre los conceptos de “multitud” y de “pueblo”, para no quedarse atrás. Luego de la visita de Holloway y la de Negri el cartón estaba lleno.

En lo que a referencias políticas se refiere, si el autonomismo actual, con teóricos como Negri o Virno, reconoce sus raíces en el “operaismo” italiano de los años ’70, y extrae renovada inspiración del movimiento no-global que tiñó con grandes movilizaciones contra los símbolos del capital los países imperialistas desde Seattle hasta Génova, en Latinoamérica estas influencias se combinan en intelectuales como Holloway con la fuerte impronta de las revueltas campesinas y la referencia al zapatismo. A todo esto en nuestro país hay que sumarle las experiencias de los MTD en el movimiento de desocupados y las asambleas populares surgidas luego de las jornadas del 19 y 20.

Ideología propia de la primera etapa de la recomposición del movimiento de masas, luego de años de retroceso y del “fin de la historia”, teorizó sobre el punto de partida como si fuese la meta misma. Sin embargo, la lucha de clases se negó a posar para la foto por tiempo indefinido. El “imperio” volvió a ser imperialismo de la mano de Bush Jr., y la ONU pasó a la historia por un buen rato, los “derechos humanos” dejaron su lugar a la “guerra preventiva”, y el ubicuo “biopoder” del imperio se concentró en invadir Irak y Afganistán. A su vez, la clase obrera de los países imperialistas comenzó lentamente a “des-desaparecer” con las “huelgas salvajes” [1] de los trabajadores postales en Inglaterra y de los transportistas en Italia, la huelga y las acciones “Robin Hood” [2] de los trabajadores de la electricidad (EDF) y el gas (GDF) en Francia, la huelga de los Astilleros Izar en España, la reciente “huelga salvaje” de los trabajadores de la General Motors en Alemania, etc.

Volviendo para el Oeste, al sur del Río Grande, la tónica de la lucha de clases en Latinoamérica durante los últimos años del siglo XX y del XXI, desde el levantamiento de Chiapas en enero de 1994 hasta la “guerra del agua” en Bolivia en el 2001, pasando por los dos presidentes menos que tuvo Ecuador en el ’97 y el 2001 -Bucaram y Mahuad-, estuvo dada por el protagonismo del campesinado. Así fue que el autonomismo latinoamericano tuvo que pensar menos en el “general intellect” y más en el concepto de “Dignidad” postulado por el Subcomandante Marcos. Luego, las jornadas del 19 y 20 en la argentina mostraron un escenario más urbano donde la “multitud” se parecía un poco más a su concepto, de ahí el furor que mencionábamos al principio.

Sin embargo, los dos años que van desde aquel momento a esta parte no transcurrieron en vano en el laboratorio de la lucha de clases latinoamericano. Pasado el “furor” llega el momento de las explicaciones. Intentaremos pedírselas a aquellos intelectuales que quizás supieron ser el producto más acabado del autonomismo criollo, y que desde sus diferentes libros intentaron aglutinar a un ilustre abanico de colaboradores que iba desde Antonio Negri y John Holloway, hasta Luis Zamora, pasando por Luis Mattini y el grupo de La Escena Contemporánea. Me refiero a los mismísimos autores del “libro rojo” del contrapoder: el Colectivo Situaciones.

El “poder (re)instituido”

En torno a las jornadas revolucionarias del 19 y 20 en la Argentina el Colectivo Situaciones trató de mostrar cómo aquellos acontecimientos, tal cual se dieron, eran una confirmación de sus postulados, y cómo el “nuevo protagonismo social” que había surgido tendía a adoptar sus conceptos, aún sin conocerlos [3].

Luego de las elecciones, que dos años después de las jornadas llevaron al gobierno a Néstor Kirchner, Situaciones se preguntaba: “¿cómo comprender, a la luz de la actual fase de aparente estabilización institucional, los acontecimientos de diciembre del 2001 [tal cual ellos los interpretaron, N. de R.]? ¿Qué es lo que sucedió con la promesa de una transformación radical del país entrevista a partir de la consigna ‘que se vayan todos, que no quede ni uno solo’, cuando el proceso electoral nos habla a las claras de una notable participación de la ciudadanía en los comicios y cuando los cinco candidatos principales -provenientes todos de los dos grandes partidos políticos mayoritarios desde hace décadas- se distribuyen casi el 95% de los votos?” [subrayado nuestro] [4].

Para responder esta pregunta comienzan planteando lo errado de las visiones que caracterizan estos hechos como un reflujo del movimiento expresado en las jornadas. Agrupando estas visiones en dos conjuntos (por un lado la de los sectores gobernantes, por otro las de las “izquierdas partidarias”), nos dicen: “Ambas perspectivas se corresponden con una misma lectura sobre los hechos del 19 y 20 como momento fundador y oportunidad de desarrollo de una revolución política. Sólo que mientras la primera temía esa posibilidad, la segunda la deseaba. Y ambas poseen, en llamativa coincidencia, una misma imagen de la política como un juego de dos sobre un mismo plano, con homogéneas reglas de juego: como si se tratase de una partida de ajedrez” [5].

Más allá de lo difuso de los sectores a que Situaciones atribuye estas perspectivas, se corresponden sin duda con dos visiones contrapuestas de clases antagónicas expresadas en estrategias políticas, una revolucionaria y otra contrarrevolucionaria. La operación ideológica que realizan consiste en asimilar ambas estrategias a “una misma imagen de la política”. Llegado este punto podríamos preguntarnos: si tanto la visión revolucionaria como la contrarrevolucionaria comparten una misma imagen de la política, ¿cuál es la imagen de la política desde la cual Situaciones hace esta crítica?

Al respecto nos dicen: “Las experiencias de resistencia son, precisamente, aquellas que inventan nuevas formas de hacerse cargo de lo público, lo común, mas allá de las determinaciones del mercado y del Estado. No se trata de abandonar la política -en el sentido de engendrar destinos colectivos- sino de la emergencia de otra manera de configurar tendencias e influencias en la sociedad” [6].

Al concebir la política “más allá de las determinaciones del mercado y del Estado” y negando la revolución, esta concepción es tributaria de los precursores del liberalismo, que en el siglo XVII pensaban la política como la interacción entre individuos “libres” e “iguales” en el marco restringido de las ciudades del capitalismo mercantil. Por aquellos años, el filósofo holandés Baruch Spinoza, a diferencia del liberalismo de los siglos posteriores, construía su visión de la política reivindicando la autonomía de las organizaciones cantonales en contraposición a un Estado centralizado. En el mismo sentido es que Situaciones reivindica la autonomía de las construcciones “situacionales”.

Pero una coincidencia fundamental es que tanto los liberales como sus precursores compartían la visión de la política como interacción entre individuos libres e iguales.

Otra cuestión a tener en cuenta es que entre el liberalismo y sus precursores ocurrió un “pequeño” hecho que podríamos decir que cambió la historia, a saber: la revolución francesa. Situaciones parece no haber tomado nota del mismo. Síntoma de esto es que al nombrar las visiones del 19 y 20 nos habla de “la perspectiva de la revolución política”, cuando la etapa propia de la revolución política fue el siglo XIX, mientras que en el siglo XX ésta ha devenido revolución social.

Es desde el primer exilio de Marx y la publicación del único número de los Anales Franco-alemanes que el marxismo discute contra estas concepciones de la teoría política liberal. Por aquellos años Marx decía: “La constitución del Estado político y la disolución de la sociedad burguesa en los individuos independientes [...] se lleva a cabo en uno y el mismo acto. Ahora bien, el hombre en cuanto miembro de la sociedad civil, el hombre no político, aparece necesariamente como el hombre natural. Los droits de l’homme [derechos del hombre] aparecen como droits natureis [derechos naturales], pues la actividad consciente de sí misma se concentra en el acto político. El hombre egoísta es el resultado pasivo, simplemente encontrado, de la sociedad, de la sociedad disuelta, objeto de la certeza inmediata y, por tanto, objeto natural” [7].

Sencillamente esto significaba que la separación entre el “ciudadano” abstracto y el “hombre” concreto permitía que la misma persona fuese “igual” y “libre” ante la ley en el Estado burgués, mientras que en la sociedad capitalista era un “desigual” trabajador separado de los medios de producción y obligado a vender su fuerza de trabajo para ser explotado. Es decir, que la visión liberal, de la que el Colectivo Situaciones es tributario, que concebía la política como interacción de individuos “libres” e “iguales” era para Marx, y para nosotros, una forma de ocultar la existencia de clases antagónicas en la sociedad capitalista.

Ahora bien, Marx discutía en ese momento contra el liberalismo de los “jóvenes hegelianos”. De más está decir que los “jóvenes espinozianos” del Colectivo Situaciones no son “jóvenes hegelianos”, y que autonomismo no es lo mismo que liberalismo. Sin embargo, una coincidencia lleva a la otra y así sucesivamente. ¿Hasta dónde llegan las similitudes? Veamos.

No cabe duda que desde una visión liberal de la política es posible esbozar una explicación del proceso de “normalización” kirchnerista. Beatriz Sarlo, con quien discutimos en el presente número de Lucha de Clases, nos da un ejemplo de este tipo de análisis. Sin embargo Situaciones, a pesar de compartir ciertos elementos de la manera en que estos intelectuales “entienden la política”, se niega a pensar “desde arriba”, en términos de “ciudadanía”, el trayecto que va del 19 y 20 a esta parte.

¿Pero qué hacen entonces? Como decíamos, el Colectivo Situaciones simplemente se niega a pensar este proceso proclamando que el único fin de las jornadas revolucionarias de diciembre de 2001 fue hacer visible el “nuevo protagonismo social”, sin preocuparse demasiado de su destino actual y la relación del mismo con los elementos de recomposición de régimen burgués.

Para hacerlo tendrían que poner en primer lugar cuestiones tan caras a su concepción teórica como ser: el poder y el Estado. Rápidamente, Luis Mattini, podría replicarnos desde su cargo en la Defensoría del Pueblo de la Nación: “el Estado para nosotros existe”. Y luego de mirar sus títulos académicos habilitantes los miembros de Situaciones le responderían: “claro que existe, Luis”, pero “a) el Estado actual ya no es el viejo Estado-nación, con sus capacidades efectivas de integración, aún si siempre fueron limitadas; y b) actualmente existen importantes recursos de dominio que se despliegan relativamente por fuera del Estado-mafioso-neoliberal” [8].

Nostalgia por el Estado de Bienestar aparte, el problema con esta caracterización es que el “viejo Estado-nación” nunca tuvo entre sus objetivos principales “la integración”, aunque fue efectivamente uno de los objetivos del Estado de posguerra basado en el “boom” económico y la necesidad de frenar cualquier avance de la revolución. A diferencia de lo que piensa Situaciones, el objetivo principal del Estado burgués siempre fue la dominación política para que justamente pudieran actuar “los recursos de dominio que se despliegan relativamente por fuera del Estado”, especialmente los desplegados en el terreno de la producción. La democracia burguesa a su vez tampoco estuvo nunca llamada a “integrar” sino a hacer menos visible la dominación que se despliega por fuera del Estado, presentando al trabajador y al burgués como “iguales”. Operación de la que, dicho sea de paso, el Colectivo Situaciones participa por la negativa.

Para Situaciones: “El Estado actual está desmembrado. Por un lado fue vaciado por las políticas neoliberales. Por el otro, según dicen muchos con más información que nosotros, las mafias se han apoderado de él” [9]. Entre paréntesis: ¿es novedad es que “las mafias se han apoderado del Estado? ¿Y las matanzas de Roca, los negociados de Juárez Celman y Pellegrini con los ferrocarriles, y la “década infame”, y los contratos de Perón con la Standard Oil, etc., etc.? No parece ser éste un elemento muy novedoso para el Estado argentino. ¿Y qué decir del vaciamiento neoliberal? Si fuese una denuncia a la rapiña imperialista de las privatizaciones y la deuda, la compartiríamos. Pero no, como vimos es, ni más ni menos, que uno de los fundamentos para su teoría del “Estado actual”, mediante la cual llegan a la menuda conclusión de que... “es ilusorio suponer que la dominación pasa mayoritariamente por el control del aparato del Estado”.

Es decir, que de el hecho de que el Estado no tenga en la actualidad “la capacidad integradora” del “viejo Estado-nación” ellos deducen que ha perdido sus capacidades de dominación política. Sin duda utilizan una extraña lógica formal para deducir conclusiones de sus premisas.

Esta conceptualización sobre el Estado no es novedosa, la escuchamos bastante durante los ‘90. Sin ir más lejos, Friedrich Hayek recibió el premio novel en 1974 por teorizar algo muy parecido a esto. Ese mismo año, Robert Nosick sintetizaba, desde otra perspectiva, la misma teorización sobre el Estado que plantea Situaciones, a saber: que el abandono por parte del Estado de sus “capacidades integradoras” tenía como correlato la disminución de sus capacidades de dominación política. Nos decía Nosick en su libro Anarquía, Estado y utopía: “Mis conclusiones principales sobre el Estado son que un Estado mínimo, limitado a las estrechas funciones de protección contra la violencia, el robo y el fraude, de cumplimiento de los contratos, etcétera, se justifica; que cualquier Estado más extenso violaría el derecho de las personas de no ser obligadas a hacer ciertas cosas y, por lo tanto, no se justifica [...] Dos implicaciones notables son que el Estado no puede usar su aparato coactivo con el propósito de hacer que algunos ciudadanos ayuden a otros o para prohibirle a la gente actividades para su propio bien o protección” [10]. Éste sería un simpático cuentito, si no fuese porque algunos parece que se lo creyeron.

Visto esto, podemos decir que la diferencia entre Nosick y Situaciones no está tanto en su teoría del Estado, sino en que mientras el primero la usaba para justificar la política imperialista de la “ofensiva neoliberal”, los segundos la toman para justificar la convivencia con ella. De esta manera la visión liberal de la política, que por omisión, se pretendía expulsar por la puerta, vuelve por la ventana de la mano de las teorías del Estado más ultraliberales que circularon durante las últimas décadas.

Queda claro que el Colectivo Situaciones está dispuesto a sostener a cualquier costo, tanto para la teoría como para la práctica, sus tesis del tipo: “La resistencia [...] no depende de aquello a lo que resiste” [11]. Sin embargo, lo que no termina de quedar claro es por qué si las jornadas revolucionarias del 2001 llevaron a Situaciones a editar un libro para describir su carácter de “insurrección destituyente” que significaba para ellos, ni más ni menos, que “el desbaratamiento del orden que se creyó soberano sobre la multitud”, hoy este elemento “destituyente” aparece casi como superfluo en su análisis frente al objetivo más modesto de “visibilizar un nuevo protagonismo social”. Parece ser que mejor que desdecirse es plantear que los fenómenos de la lucha de clases se adaptan a lo que uno dice.

Pero démosles el beneficio de la duda. Seguramente les hacemos esta crítica porque no comprendimos que “un poder destituyente no necesariamente trabaja según los requerimientos de lo instituyente”. Veamos si podemos hacer el intento de entenderlo.

El “poder destituyente”

Reflexionando sobre el Octubre boliviano de 2003, Situaciones repite uno de sus postulados más recurrentes para señalar los peligros que según ellos corría este proceso, que dicho sea de paso fue el más radical en lo que va de este siglo en Latinoamérica. ¡Cuidado! decían, “si de un lado contamos con el peligro de una institucionalización que bloquee las capacidades creativas y los horizontes de expansión; del otro corremos un riesgo no menor en el llamado a reducir esta misma expansión a la ‘lógica del enfrentamiento’, que privilegia la estrategia del espejo frente al poder” [subrayado nuestro] [12].

Luego de repasar sus análisis sobre la “normalización” kirchnerista, queda claro cuál de los dos peligros es el que más preocupa a Situaciones. “La resistencia -nos decían- no depende de aquello a lo que resiste” con lo cual “una institucionalización que bloquee las capacidades creativas y los horizontes de expansión” parece ser un peligro menor frente al riesgo de “privilegiar la estrategia del espejo frente al poder” profundizando la “lógica del enfrentamiento”.

Digamos que si Marx le criticaba a los Comuneros franceses de 1871 que no se habían apoderado de las reservas de oro de Francia y que no habían marchado sobre Versalles para acabar con el gobierno de Thiers, Situaciones les criticaría a los mineros bolivianos no haberse quedado “resistiendo” en Huanuni y haber marchado sobre La Paz para enfrentar al ejército.

Desde el punto de vista del Colectivo Situaciones, no cabe duda de que la crítica de Marx a los Comuneros cae en la “estrategia del espejo frente al poder”, pero ¿no es una verdadera “estrategia del espejo frente al poder” pretender que el “nuevo protagonismo social” se dedique a suplantar las “capacidades integradoras” del “viejo Estado nación”? ¿no es una “estrategia del espejo frente al poder” querer que las organizaciones de las clases subalternas sean “organizaciones mínimas” aplicando la utopía neoliberal del “Estado mínimo” a la organización del movimiento de masas?

Desarrollemos este punto. Situaciones constata: “es evidente la desatención de servicios básicos como la salud y educación pública, jubilación y, en general, los servicios esenciales para la vida de buena parte de la población” [13]. Ante esto ¿hay que enfrentarse con el Estado? No, nos dicen, “si desde el poder el choque es buscado, desde el contrapoder el choque no se produce para medir fuerzas, o avanzar por la vía de la fuerza sobre el poder, sino para afirmarse, para proteger a los compañeros, para presionar y conquistar planes -para poder sostener los talleres, etcétera-, para exigir la libertad de los compañeros presos” [14]. Es decir, que por fuera de las necesidades de la lucha misma, como ser: proteger a los que luchan y liberar a los rehenes del Estado, lo único que habría que buscar es... “conquistar planes”. Pero cabe aclarar que esto es válido para Situaciones “si se [lo] comprende al interior de las redes de contrapoder en su conjunto [...] si se desarrolla como parte de un trabajo de composición con [las] redes de economía, salud, educación y contracultura” [15]. ¿Y si el Estado llega a quitar hasta los planes mismos? Situaciones tiene una respuesta: hay que “construir experiencias cada vez más autónomas, capaces de prever la reducción de los subsidios” [16].

Nuestro citado teórico neoliberal, Robert Nosick, estaría orgulloso de esta perspectiva “libertaria” que propone como alternativa a “la lógica del enfrentamiento” reconstruir las redes asistenciales con los menores costos posibles para el Estado. Sin embargo, esta perspectiva, que nos puede parecer, y efectivamente nos parece, miserable -y más si la comparamos con las heroicas acciones de los mineros y campesinos bolivianos que Situaciones tiende a impugnar- viene acompañada de toda una serie de consideraciones filosóficas que hacen que el Colectivo Situaciones se sienta orgulloso de plantearla, con lo cual no es probable que estas cuestiones pongan piedras en el camino de su reflexión teórica.

Pero todo este planteo, con sus consideraciones filosóficas incluidas, se construye sobre la base de una “hipótesis” que en la actualidad argentina se encuentra totalmente refutada por los hechos, a saber: que “Resulta posible vislumbrar una convivencia en el tiempo entre un poder capitalista (bajo la forma que finalmente adquiera) y un contrapoder que se aleje cada vez más de la guerra abierta y tienda a autoafirmarse en nuevas formas productivas y reproductivas” [17].

La experiencia del MTD “Aníbal Verón”

La experiencia de lo que fue el MTD “Aníbal Verón” muestra esta estrategia de convivencia del “contrapodimensión. Lejos de las acciones que en sus orígenes el movimiento de desocupados protagonizó en Cutral-Có, Tartagal y Mosconi, las 17 organizaciones que conformaban el MTD “Aníbal Verón” se encuentran fundamentalmente dedicadas a la gestión de la asistencia estatal. Sin embargo, para la especie de “autonomistas” que conforma el Colectivo Situaciones, esto parecería ser un logro; se hace difícil distinguir entre el “alejamiento de la guerra abierta” y la cooptación.

Si de esta manera, el objetivo teorizado por Situaciones de “presionar y conquistar planes -para poder sostener los talleres, etcétera-” está cumplido, más dudoso es el cumplimiento de otros fines como “proteger a los compañeros” y “exigir la libertad de los compañeros presos”. Mientras el gobierno de Kirchner bate récords en lo que persecución se refiere con 4500 procesados y casi cuarenta presos políticos. El sector de los MTDs dirigidos por Juan Cruz Daffunchio embellece al gobierno destacando las virtudes de la inoperante comisión investigadora de los asesinatos del Puente Pueyrredón que Kirchner le creó para que tengan algún pretexto para brindarle su apoyo. Decimos “pretexto”, porque desde su primera reunión con Kirchner Daffunchio se encargó de elogiar la “receptividad y sinceridad del Presidente”. Tanto es así que luego de esta reunión el diario Clarín escribía: “Fue un movimiento duro. Ahora tiene buen diálogo con el Gobierno” [18].

A su vez, con esta estrategia de “convivencia con el poder capitalista” pierde cualquier contenido concreto la reivindicación de la democracia de base que pretenden hacer. Resulta difícil explicar cómo es que ninguno de los compañeros que recibe la asistencia estatal a través de los MTDs coincide políticamente con alguna de las otras organizaciones que actúan en el movimiento de desocupados y en algunos casos hasta en el mismo barrio. ¿Qué clase de propaganda “democrática” logró tal homogeneidad ideológica?

Es más, actualmente los MTDs se encuentran divididos en tres bloques según la expectativa en el gobierno que sus dirigentes están dispuestos a tener. Los agrupamientos se dan en torno a los MTDs de Lanús y Alte. Brown; el MTD de Florencio Varela; y el MTD de Solano. Ante este panorama cabe hacer nuevamente la misma pregunta del párrafo anterior. Si el MTD se encuentra actualmente dividido entre tres fracciones, ¿por qué esta división coincide exactamente con la división territorial? O dicho de otra manera, ¿por qué los desocupados tienen que estar divididos según las disputas entre los caudillos que encabezan los movimientos?

¿Será que, como dice Situaciones, que “la representación política condena a quienes se plantean esta operación a una exterioridad irremediable respecto de las fuerzas que se expresan en la base del movimiento” [19]? ¿Será como dice Situaciones que “esta exterioridad surge del rol de administradores de estas energías [y de planes sociales, N.d.R.]” [20]? Por nuestra parte creemos que sí, y que el rol de gestoras de la asistencia estatal que asumen estas organizaciones las lleva a que reproducir mecanismos clientelares.

Es por todo esto que actualmente los movimientos de desocupados en general se encuentran fragmentados en decenas de grupos que responden a las diferentes tendencias, incluida la “autonomista”, y no conforman un único movimiento en cuyo seno todas las tendencias discutan sus diferentes estrategias de cara al conjunto de los integrantes de las organizaciones. Sólo de esta forma se rompería la “exterioridad irremediable respecto de las fuerzas que se expresan en la base del movimiento” de la que adolecen sus dirigentes actuales.

Sin embargo, los compañeros del Colectivo Situaciones no deben preocuparse porque los dirigentes se agarren de los pelos dividiendo al movimiento en tres: lo que la “situación” separa, el Estado lo une. Así, los dirigentes del MTD de Lanús y los del MTD Solano tuvieron el honor de compartir la inauguración de la Central de Agroalimentos de Lanús, junto con el ilustre puntero peronista, Manolo Quindimil. Si el proyecto es reconstruir las redes asistenciales, mejor llevar hasta el final la tesis de la “convivencia en el tiempo entre un poder capitalista y un contrapoder” y aceptar de buen gusto la manito que ahora nos da el “viejo Estado-nación” que de eso sabe bastante.

La “multitud”

Teniendo en cuenta a dónde nos lleva la estrategia proclamada por Situaciones de “convivencia entre el poder capitalista y el contrapoder”, podríamos darnos el lujo de explorar, a partir de las experiencias de Argentina y Bolivia, la que ellos descartan, a saber: la de “profundizar la lógica del enfrentamiento”.

La tendencia a la irrupción revolucionaria de las masas que se había expresado en las jornadas del 19 y 20 en Argentina, tuvo su expresión más radicalizada en octubre de 2003 en Bolivia con la semi-insurrección, que en el marco de una huelga general con bloqueos campesinos tiró al gobierno del “gringo” Sánchez de Losada. Este proceso estuvo repleto de elementos nuevos en lo que hace al ciclo ascendente de la lucha de clases que comenzó en Latinoamérica en el 2000 con las movilizaciones que en Ecuador llevaron a la caída de Mahuad y “la guerra del agua” en Bolivia. Teniendo en cuenta esto, es interesante contrastar retrospectivamente los análisis de nuestros interlocutores con respecto a las jornadas del 19 y 20 a partir de este proceso.

Decía el Colectivo Situaciones sobre el 19 y 20: “La multiplicidad fue una de las claves de la eficacia del movimiento [...] Esta variedad activa posibilitó que en cada agrupamiento se reprodujese en simultáneo la misma elaboración, sin necesidad de una coordinación explícita”. “Las fuerzas constitutivas del movimiento insurreccional no se deducen de trayectorias clasistas o individuales. Sin negar tales trayectorias, producen un más allá que las reinterpreta y que rebasa todo plan consciente” [21]. Situaciones creyó ver en estas características el alfa y el omega de lo más avanzado que estaba dando la lucha de clases.

Sin embargo, en las jornadas de octubre de 2003 en Bolivia, la ausencia de coordinación y la “no-deducción de las trayectorias clasistas de las fuerzas constitutivas del movimiento”, dejaron su lugar al llamado del ampliado de la COB de Huanuni a la huelga general por tiempo indefinido que se convirtió en un catalizador de las diferentes acciones parciales que se estaban realizando, como el sinnúmero de manifestaciones y los bloqueos de caminos protagonizados por las comunidades que se habían extendido a 14 provincias. Fue en este marco que se dio la semi-insurrección de El Alto que dejó la ciudad en manos de los vecinos moel cual destacamentos de avanzada de los trabajadores preparaban la marcha sobre la ciudad que se realizaría en los días posteriores para poner fin al gobierno de Sánchez de Losada.

A pesar de todo esto el régimen burgués sobrevivió y luego de semejantes enfrentamientos asumió el gobierno Carlos Mesa para realizar un nuevo intento de entregar al imperialismo los recursos naturales del país, contra lo cual se había levantado el pueblo boliviano. Dichos elementos justamente están relacionados con no haber profundizado la “lógica de enfrentamiento” -que Situaciones repudia- desarticulando a las fuerzas armadas para abrir una fase de dualidad de poderes y la lucha directa por el poder, cuestión sobre la cual tuvieron gran responsabilidad las direcciones de la COB, y especialmente del MAS, y del MIP que decidieron llamar a la tregua [22].

Continuando con la comparación podríamos preguntarle a Situaciones: ¿no será que “la no deducción de las trayectorias clasistas” en el bloque que protagonizó el 19 y 20, no se debe a que el concepto de “multitud” se haya encarnado en las masas sino a que las direcciones de las CGT y la CTA cumplieron un rol parecido al de las direcciones bolivianas que mencionábamos, pero lo cumplieron tan bien que la clase obrera como tal ni siquiera fue protagonista de los acontecimientos? Opinamos que sí, y que donde Situaciones creyó ver una de las claves de la eficacia del movimiento nosotros vemos la acción de las direcciones burocráticas del movimiento obrero.

Sin tener en cuenta este elemento, aunque no de forma excluyente [23], no es posible entender cómo la clase obrera no intervino en las jornadas revolucionarias con sus organizaciones, siendo que junto con el movimiento de desocupados había representado la principal oposición al gobierno de Fernando De la Rúa protagonizando 7 paros generales. Más aún teniendo en cuenta que el último de estos paros, que tuvo un alto acatamiento, había sido sólo una semana antes del 20 de diciembre, y que sectores de la industria y los servicios ya habían comenzado a parar espontáneamente el mismo día 20.

Pero esta no es la única cuestión que nos impiden pensar los conceptos del Colectivo Situaciones. Tendríamos que hacerles más preguntas. El bloque policlasista de diciembre que protagonizó las jornadas de diciembre encarnaba según Situaciones “una multitud que actuaba destituyendo representaciones” [24]. La tan nombrada “multiplicidad” iba desde el señor de la 4x4 beneficiado por el menemismo hasta el desocupado del Gran Buenos Aires, lo que sin duda presagiaba futuras divisiones. Ahora bien, ¿qué pasa cuando la multiplicidad de la multitud pasa de la dispersión al enfrentamiento? O dicho en otras palabras: ¿cómo usamos el concepto de “multitud” cuando el primer sector que mencionábamos se moviliza por miles detrás del empresario Blumberg pidiendo “mano dura” al gobierno, mientras que el segundo ve caer sobre sí el peso del aparato represivo del Estado?

Pareciera ser que “la deducción de las trayectorias clasistas” es un elemento importante a la hora de analizar estos procesos, siempre y cuando la intención del análisis sea efectivamente intentar comprender algo. Como dice Situaciones: “separado de las prácticas el lenguaje de la investigación militante se reduce a la difusión de una jerga” [25].

El “rebelde social”

Llegado este punto cabría preguntarse ¿hasta dónde el lenguaje de la intelectualidad autonomista se ha separado de las prácticas y en que medida se ha reducido a la difusión de una nueva jerga?

Al comienzo de esta nota mencionábamos la importancia que reviste para la reflexión del autonomismo latinoamericano la experiencia zapatista. Ahora bien, como señalamos a lo largo de este artículo, los años que transcurrieron desde el levantamiento zapatista de enero de 1994 hasta la fecha fueron ricos en fenómenos de la lucha de clases en la región. Sin embargo, desde Situaciones hasta John Holloway, estos intelectuales parecen haberse congelado en el tiempo. No sólo en lo que hace a sacar las lecciones de fenómenos como el Octubre boliviano de 2003, sino respecto al mismo movimiento zapatista en el que se referencian.

Holloway dice: “la revolución es inconcebible a menos que lo que aún no existe ya exista, y existe, en forma antagónica y contradictoria, en la sociabilidad alternativa que está tan profundamente enraizada en nuestras vidas cotidianas, en el amor, en la amistad, en la solidaridad, en un millón de formas de hacer cooperativo, en todo lo que hemos aprendido de los zapatistas a llamar Dignidad. La elaboración de estas formas embrionarias de sociabilidad directa es el proceso de la revolución” [26].

Frases como esta se convirtieron en un lugar común entre los intelectuales autonomistas. Pero ¿han aprendido algo estos intelectuales de la experiencia zapatista más allá de la práctica de comentar los discursos de Marcos? Las lecciones están allí para el que quiera aprenderlas. Sin ir más lejos, la multitudinaria marcha zapatista de 2001 alrededor de la cual se había concentrado el descontento campesino e indígena de años de opresión fue llevada por los comandantes y subcomandantes zapatistas al “diálogo” con los diputados y el presidente Fox, y terminó siendo un paso más hacía la integración del EZLN como ala izqueirda del régimen. Del antiguo “Plan de Ayala” y la reforma agraria, nada, sólo la demanda de implementación de la iniciativa de la Comisión de Concordia y Pacificación que establecía una serie de derechos formales para los pueblos indígenas. Sin embargo, las peticiones minimalistas y la mejor sonrisa para reunirse con las autoridades no dieron ningún resultado dentro de un régimen totalmente subordinado a los dictados del imperialismo, más que embellecerlo para que pueda retomar la ofensiva.

En la actualidad México está atravesado por movilizaciones y el primero de septiembre pasado tuvo lugar una huelga masiva, hecho casi inédito en el país, contra la reforma del seguro social impulsada por Fox. Mientras el país se encontraba sacudido por estos acontecimientos el Presidente Fox hacía su rendición de cuentas anual ante el Congreso protegido por 3500 policías mientras en las calles se sucedían las protestas. El subcomandante Marcos paralelamente hace su informe sobre la marcha de las regiones zapatistas. ¿Alguna mención a estos acontecimientos? Ninguna.

No es raro que luego de este informe intelectuales filoautonomistas mexicanos como Guillermo Almeyra, que supo ser un ferviente admirador del zapatismo, se pregunten: “¿Cuál es la opinión zapatista sobre el salto cualitativo que acaba de dar la lucha obrera, campesina y popular, con la manifestación del 31 de agosto y el masivo paro sui generis del primero de septiembre? [...] ¿No son también campesinos los indígenas zapatistas y no tienen interés en sumar su lucha a la de los demás campesinos?” [27].

También señala Almeyra sobre el informe de Marcos: “no se habla de cómo se resuelve el problema de la tierra, que es vital, de quién elige a los integrantes de las JBG [Juntas del Buen Gobierno, N.d.R.] y de cómo se les propone y se les da mandato”. Y continua: “Después está la caracterización -a mi juicio ambigua y peligrosa- del papel de las JBG. Dice Marcos que ‘nacieron para mediar entre las autoridades y los ciudadanos, y entre autoridades con distintos ámbitos y jerarquías’. ¿Entonces no serían órganos de gobierno autónomos sino apéndices del aparato estatal para reducir y domesticar los conflictos sociales? Agrega que los municipios autónomos mantienen ‘comunicación respetuosa’ con el gobierno del Estado y que ‘se intercambian recomendaciones y se busca resolver los problemas mediante el diálogo’, y sigue diciendo que las JBG ‘reconocen existencia y jurisdicción al gobierno del estado y a los municipios oficiales’. La existencia es un hecho que no puede ser ignorado, ¿pero la jurisdicción? ¿Implica esto acatamiento de las resoluciones del Estado, sometimiento a éste? Continúa Marcos: ‘Las leyes que rigen en los municipios autónomos rebeldes zapatistas no sólo no contradicen las elementales de justicia que rigen en el sistema jurídico estatal y federal, sino que en muchos casos las completan’. Esta coexistencia pacífica, para usar el vocabulario de la ex Unión Soviética, ¿no ignora acaso que las tierras fueron tomadas porque se subordinó el derecho de propiedad capitalista al superior derecho social y comunitario del derecho a la supervivencia y que las zonas zapatistas subordinan el derecho al libre tránsito al legítimo derecho a la defensa de las comunidades amenazadas y de sus conquistas, y así sucesivamente?” [28].

Estas son algunas de las encrucijadas, problemas, y lecciones concretas que es necesario tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre el movimiento zapatista. Pero los comentaristas argentinos de Marcos no reparan en estas cuestiones, siempre es más cómodo repetir con el Colectivo Situaciones: “Dice Marcos que los zapatistas no son revolucionarios sino rebeldes sociales. [...] mientras el revolucionario tiene un modelo de la sociedad futura y elige la vía del poder para instituir el cambio, el rebelde social tiene una esfera de acción más restringida: su situación” [29]. Mejor sería decir que “la restringida esfera de acción” de estos intelectuales terminó por convertirlos en imprevistos “difusores de una nueva jerga”, cuando no directamente en funcionarios, como el caso de Luis Mattini.

La clase obrera

A lo largo del artículo planteábamos como la negación por parte del Colectivo Situaciones de la existencia de clases sociales antagónicas los lleva en su teoría política a más de un punto de contacto con el pensamiento liberal. Este elemento, lejos de ser patrimonio exclusivo de Situaciones, es casi un lugar común dentro del pensamiento autonomista actual, centrado en la negación de la clase obrera. Pero como decíamos al comienzo, América Latina ha sido durante los últimos años un gran laboratorio de la lucha de clases y en lo que hace a la clase obrera también. Con lo cual resulta interesante, frente a estas teorías, hacer un repaso sobre el papel de la clase obrera en los últimos dos años en la región.

A lo largo de estas páginas nombramos el caso del Octubre boliviano y el papel que jugó la clase obrera y la huelga general como aglutinadora de las luchas que se venían desarrollando, y a su vez como destacamentos de avanzada de los trabajadores mineros lograron tomar la ciudad de El Alto y avanzar sobre La Paz. También nombrábamos el caso de México donde en la actualidad la lucha de clases va en aumento, teniendo a la clase obrera como uno de sus actores centrales, aunque aún bajo la bota de la burocracia de la UNT y del SME. Sin embargo, esta tendencia, aunque inicial, a la intervención de la clase obrera también ha atravesado Brasil y bajo otra forma puede reconocerse en la Argentina.

La clase trabajadora en Brasil ha sido, dentro del movimiento de masas, la que mayores desafíos le ha planteado al gobierno de Lula. El primero de ellos fue la huelga nacional de empleados públicos federales del 2003 contra la reforma previsional, en la cual 450 mil trabajadores se mantuvieron en huelga durante más de 30 días. También durante ese año se dieron las movilizaciones de los obreros metalúrgicos y las prolongadas huelgas de empleados públicos del Estado de San Pablo.

A su vez, durante el 2004 a pesar de haber sido derrotados el año anterior, los mismos empleados públicos federales volvieron a la huelga durante tres meses, en reclamo de recomposición salarial. A esta huelga se le sumó en septiembre la huelga de los obreros metalúrgicos del ABC de San Pablo, y la huelga de los bancarios en la que participaron más de 200 mil trabajadores durante un mes extendiéndose a lo largo de 24 capitales provinciales.

En la Argentina, actualmente el movimiento obrero protagoniza un fenómeno inicial pero sintomático de recuperación de sus organizaciones que va desde los mineros de Río Turbio, los trabajadores del Astillero Río Santiago, los trabajadores del subte, los docentes de varias seccionales del SUTEBA, hasta experiencias como la de Zanon, pasando por las listas antiburocráticas en el gremio de la Alimentación, en la Unión Ferroviaria, etc.

Esta nueva tendencia, a la que hay que sumarle las “huelgas salvajes” en Europa de las que hablábamos al principio, en lo que al movimiento de masas se refiere es sin duda uno de los elementos más novedosos dentro del actual ciclo de la lucha de clases en Latinoamérica. El autonomismo se encuentra hoy estéril frente a estos nuevos fenómenos.

No es a partir de una sumatoria de luchas que la clase obrera podrá constituirse en sujeto revolucionario. Sin embargo, sabemos que sus acciones representan un elemento clave para transformarse en un sujeto político verdaderamente antagónico al capitalismo, porque a diferencia del Colectivo Situaciones nuestro método no consiste en “convivir en el tiempo con el poder capitalista” sino en destruirlo.

Notas

[1] Denominadas así por superar los marcos conciliadores impuestos por las respectivas burocracias sindicales.

[2] Durante la huelga los trabajadores se encargaron de desconectar la electricidad a las empresas que despedían y a los políticos patronales. Mientras tanto, reconectaban el servicio a los hogares populares. Una verdadera demostración de cómo debe funcionar un “servicio público”.

[3] Para una crítica a estas elaboraciones ver: Cecilia Feijoo, “El abandono de la lucha de clases por el Colectivo Situaciones”, en Lucha de Clases Nº1, noviembre de 2002.

[4] Colectivo Situaciones, “Causas y Azares”, en www.argentina.indymedia.org, mayo de 2003.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Marx, Karl, La cuestión Judía, Bs. As., CS Ediciones, 1999, pág. 47.

[8] Colectivo Situaciones, La Hipótesis 891, Bs. As., Ediciones de mano en mano, 2002, pág. 170.

[9] Ídem, pág. 169. 10 Robert Nozick, Anarquía, Estado y utopía, Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 1998, pág. 7.

[10] Robert Nozick, Anarquía, Estado y utopía, Bs. As. Fondo de Cultura Económica, 1998, pág. 7.

[11] Colectivo Situaciones, “Causas y Azares”, op.cit.

[12] Colectivo Situaciones, “Entre la crisis y el contrapoder. Paradojas de la negación. (17 notas inspiradas en la revuelta boliviana)”, en www.situaciones.org, octubre de 2003.

[13] Colectivo Situaciones, La Hipótesis 891, op.cit., pág. 169.

[14] Colectivo Situaciones, “Causas y Azares”, op.cit., mayo de 2003.

[15] Colectivo Situaciones, La Hipótesis 891, op.cit., pág. 179.

[16] Ídem, pág. 165.

[17] Ídem, pág. 175.

[18] Suplemento “Zona”, en diario Clarín, domingo 2 de noviembre de 2003.

[19] Colectivo Situaciones, La Hipótesis 891, op.cit., pág. 123.

[20] Ídem.

[21] Colectivo Situaciones, 19 y 20. Apuntes para un nuevo protagonismo social, Bs. As., Ediciones de mano en mano, 2002, pág. 38.

[22] Para un análisis más detallado ver Revista de los Andes Nº 1, abril de 2004.

[23] El papel jugado por la burocracia debe ser comprendido en el marco de otros condicionamientos que tuvo la clase obrera para actuar como sujeto revolucionario, entre ellos: el hecho de que la clase obrera, que se venía recuperando muy lentamente a partir del ’95, venía jugando un papel secundario en los procesos de la lucha de clases que se daban a nivel mundial; que la clase obrera argentina a diferencia del ascenso de los ’70, no había acumulado previamente experiencia en acciones radicalizadas, por ejemplo, del tipo de las que se dieron luego del golpe del ’55; a esto hay que sumarle la falta del “horizonte del socialismo” en las masas; y la no constitución de una dirección revolucionaria en la etapa previa. Para un análisis más detallado ver: Christian Castillo, “Reflexiones sobre la dinámica de las clases y los ritmos de la etapa revolucionaria”, en Estrategia Internacional Nº 8, febrero de 2002.

[24] Colectivo Situaciones, 19 y 20. Apuntes para un nuevo protagonismo social, op. cit., pág. 43.

[25] Colectivo Situaciones, Contrapoder. Una introducción, Bs. As., Ediciones de mano en mano, 2001, pág. 39.

[26] John, Holloway, “¡Qué se vayan todos!”, en Revista Herramienta, Nº 20, agosto de 2002.

[27] Guillermo Almeyra, “Algunas preguntas a Marcos”, en La Jornada, 7 de septiembre de 2004.

[28] Ídem.

[29] Colectivo Situaciones, Contrapoder. Una introducción, op. cit., pág. 30.





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