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Periódico / Internacional

Sábado 29 de noviembre de 2008

ESTADOS UNIDOS: TRANSICIÓN Y CRISIS

Obama frente al desafío más serio al dominio norteamericano

Por Claudia Cinatti


A una semana de su triunfo electoral, Obama ya comenzó a delinear las figuras clave de su equipo, que comandará la transición en los poco más de dos meses que quedan para su asunción como presidente el próximo 20 de enero.
Los nombres que surgieron están a tono con la estrategia de bajar las expectativas de “cambio” que generó su elección e indican que Obama recurrirá al establishment tradicional de la política imperialista para hacer frente al desafío más serio que enfrenta Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Internamente, atraviesa la peor crisis económica desde la Gran Depresión. A las cifras alarmantes que se han dado a conocer en la última semana sobre el estado de la economía, (ver artículo) se agrega la confesión de Paulson de que el paquete de rescate y la compra de “activos tóxicos” de los bancos en verdad no ha servido, y que es necesario cambiar la estrategia de la política estatal para revitalizar la economía, lo que llevó al enésimo derrumbe de la bolsa de Wall Street. En el plano externo aún no ha encontrado la salida a las dos guerras de la era Bush -Irak y Afganistán- y Obama tendrá que lidiar con la situación más general de inestabilidad en el Medio Oriente, y probablemente con nuevos conflictos que surgirán en el mediano plazo, de los cuales la guerra de Rusia y Georgia sólo fue un adelanto.
A esto se suma la exigencia de Francia, China y otros países de establecer una nueva estructura financiera internacional, como pidió el presidente francés Sarkozy, un nuevo “Bretton Woods” que establezca reglas claras y permita un funcionamiento económico más regulado. En contraste con las expectativas populares de los jóvenes, trabajadores, negros y latinos que votaron por Obama y de los millones que en el mundo se ilusionaron con el “cambio”, la burguesía imperialista espera que el nuevo rostro del liderazgo norteamericano tenga un efecto beneficioso para sus intereses y que la presidencia de Obama pueda revertir en parte la acelerada declinación de la hegemonía de Estados Unidos.

¿Hacia un nuevo New Deal?

Una de las grandes pruebas a las que estará sometida la administración de Obama será la política que defina para hacer frente a la profunda recesión que ya se ha instalado en Estados Unidos. Baste recordar que las tres grandes automotrices, Chrysler, General Motors y Ford, los íconos del capitalismo norteamericano, están en serios problemas y que las dos últimas reportaron pérdidas millonarias -4.200 y 2.900 millones de dólares respectivamente sólo en el último trimestre-.

Obama está evitando actuar como el nuevo presidente de Estados Unidos, esperando que sean Bush y el Congreso -que también se renueva- quienes tomen algunas de las medidas necesarias. Como parte de esta estrategia, Obama no asistirá a la próxima reunión del G-20 a realizarse el 15 de noviembre.
En la conferencia de prensa del pasado 7 de noviembre, el mismo día que se conocieron los datos del desempleo, Obama se pronunció por la necesidad de implementar un programa de estímulo fiscal para ayudar a reactivar la economía, extender el seguro de desempleo, que los trabajadores desocupados perciben sólo por seis meses, bajar los impuestos a los hogares de menores recursos y votar un paquete de ayuda estatal para las tres automotrices, lo que le reiteró a Bush en la reunión de transición que mantuvieron el pasado 10 de noviembre. Hasta el momento la política económica de Obama, además de apoyar el plan Paulson para el rescate de los banqueros, ha sido muy moderada y sólo ha prometido en campaña unos 60.000 millones de dólares repartidos entre obra pública y ayuda social.

Los partidarios de un nuevo New Deal consideran que esta política es insuficiente para enfrentar la crisis. Por ejemplo, el premio nobel de economía Paul Krugman calcula que el paquete de estímulo debería ser al menos el 4% del PBI, es decir, unos 600.000 millones de dólares. El pasado lunes en su columna del diario New York Times le aconseja a Obama que tenga “audacia” en el gasto público. Comparando la situación actual con la de la Gran Depresión, este economista concluye que si bien es cierto que el New Deal fracasó en sacar la economía de la depresión, esto se debió a la excesiva “prudencia” de Roosevelt y le aconseja a Obama “calcular cuánta ayuda cree que necesita la economía y agregarle un 50%” dado que “es mucho mejor en una economía deprimida, errar por exceso de estímulo y no por escasez”. Dejando de lado el hecho de que Obama recibirá la presidencia con una monumental deuda estatal, abultada por el rescate a los bancos, lo que hace al menos difícil esta “política audaz”, es preciso decir que a Roosevelt no le faltó “audacia” en la inversión estatal. Eso quedó en claro cuando ante el fracaso del New Deal dio un giro hacia la industria de guerra, con la enorme inversión estatal que esto implicó, lo que finalmente sacó a la economía norteamericana de la depresión, y después de la guerra garantizó décadas de hegemonía norteamericana en el mundo capitalista. Es decir que el New Deal fue el primer paso en una serie de políticas para resguardar los intereses de la burguesía imperialista norteamericana.

La gran lección que surge del New Deal es que los representantes políticos de la burguesía defienden intereses de clase que son antagónicos con los de los trabajadores y las minorías oprimidas, y que sin tocar la gran propiedad capitalista y el enorme poder de las corporaciones, (como no lo hizo Roosevelt con la propiedad de las “60 familias” que eran las dueñas de Norteamérica) el capitalismo llevará tarde o temprano a nuevas catástrofes.

Irak, Afganistán y la política exterior

Desde su postulación como precandidato presidencial Obama se rodeó de ex secretarios de Estado, como Brzezinski y M. Albright, analistas y militares del sector “realista” del establishment de la política exterior del imperialismo norteamericano. Su estrategia es recomponer la imagen de Estados Unidos en el mundo, seriamente dañada por el unilateralismo de los años de Bush, y de esa forma conseguir una mayor cooperación de los aliados tradicionales e incluso de nuevos actores, para terminar de la forma menos costosa posible las guerras de Irak y Afganistán y hacer frente a los múltiples desafíos que enfrentará Estados Unidos en el próximo período.

En Irak, el 31 de diciembre de este año vence el mandato de las Naciones Unidas que da cobertura a la presencia de las tropas imperialistas y está en curso una tensa negociación sobre los términos de un posible acuerdo entre el gobierno iraquí y Estados Unidos para prorrogar el mandato. A esto se suma que en enero se realizarán elecciones provinciales que tienen una gran importancia para el equilibrio de fuerzas entre las distintas fracciones shiítas y sunitas.

La situación de las tropas de la OTAN en Afganistán se viene deteriorando seriamente desde 2006. A diferencia de Irak, donde las negociaciones con Irán y el acuerdo con los grupos sunitas permitieron bajar el número de ataques contra las tropas de ocupación, en Afganistán este año la cantidad de ataques de los talibán contra tropas de la OTAN es el más alto desde 2001. Los talibán recuperaron su capacidad de combate y una base social importante. El presidente Karzai, títere de Estados Unidos, es completamente impopular y el conflicto se extendió a Pakistán.
La política de Bush fue presionar al gobierno pakistaní que, después de tres meses de combates en los que participaban tropas norteamericanas, lanzó un ataque militar brutal en la zona fronteriza de Bajaur para intentar recuperar el territorio aún bajo control de los talibán y otras fuerzas tribales y evitar que éstos avancen sobre Peshawar. A la vez está tratando de encontrar sectores “reconciliables” entre los talibán y otras fuerzas hostiles, para recrear algo similar a la política de acuerdo con la resistencia sunita en Irak.

Obama transformó la guerra de Afganistán -y el conflicto en Pakistán- en la prioridad de la política imperialista. Su estrategia es disminuir la presencia de tropas en Irak y concentrar el esfuerzo militar y diplomático en conseguir un triunfo contra Al Qaeda.

Según el diario Washington Post, “la administración Obama planea explorar una estrategia más regional a la guerra en Afganistán –incluyendo posibles conversaciones con Irán, que “en la frontera occidental de Afganistán ha jugado un rol mixto en los últimos años, a veces cooperando indirectamente con los objetivos de Estados Unidos y a veces ayudando a los extermistas”.

Las posibilidades de Obama de conseguir una mayor cooperación de los aliados de la OTAN pueden ser superiores a las de la administración Bush, aunque por el momento ninguno ha dado muestras de querer comprometerse más. En cuanto a los “enemigos”, Obama se ha pronunciado por retomar el diálogo con Siria y con Irán, ya que de la cooperación de Irán dependen en gran medida sus planes para Irak y Afganistán. Muchos especulan con que la caída de los precios del petróleo afecte la popularidad del presidente iraní Ahmadinejad y que en las próximas elecciones, que se realizarán el año que viene, surja un liderazgo más proclive a la negociación con Estados Unidos. Sin embargo, la posición abiertamente proisraelí que adoptó Obama, confirmada por el nombramiento de Emanuel como figura central de su equipo, puede hacer fracasar esta política en la que se basa gran parte del plan de “cambio” de la política exterior.
La profunda crisis económica y el cuestionamiento de distintos actores sociales al dominio norteamericano serán las coordenadas del próximo gobierno. Los pueblos oprimidos del mundo no tienen nada bueno que esperar de la presidencia de Obama, será el nuevo rostro del imperialismo norteamericano y buscará defender los intereses de los capitalistas y sus corporaciones.





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