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Otros Artículos / Comunicados, volantes y declaraciones

Jueves 20 de enero de 2011

UNA SEÑAL DE ALARMA PARA LOS AUTOCRATAS ARABES Y LOS IMPERIALISTAS

Tunez, despues de la caida revolucionaria de Ben Ali

por Ciro Tappeste, desde Francia


El impacto de la primera caída revolucionaria de un dictador en este siglo en el mundo árabe no sólo ha llegado a Magreb y Oriente Próximo sino que todos los gobiernos europeos están hoy en día preocupadísimos por la evolución de la situación. El proceso que llevó a la caída de Ben Ali viene de lejos. Se trata de la expresión tunecina de una bronca popular acumulada y agudizada por los efectos de la crisis económica mundial en la periferia semicolonial contra los regímenes surgidos de los procesos independentistas. Éstos dejaron, hace décadas ya, de apoyarse en una vaga retórica nacionalista o invocar el socialismo árabe para pasarse con armas y bagajes a ser los mejores sirvientes del imperialismo y de su ofensiva neoliberal y privatizadora de las últimas décadas, con todo lo que esto implica en términos de miseria y opresión para las clases subalternas.

Un golpe asestado a los imperialistas y a los autócratas de Magreb y Medio Oriente

(...) Hasta el final los países imperialistas apoyaron a uno de los regímenes más sanguinarios y dictatoriales, aunque con fachada democrática, de la región.

El proceso en Túnez acaba de asestar un duro golpe a todos los autócratas de Magreb y Medio Oriente amigos del imperialismo, algunos en el poder desde hace más de dos o tres décadas. Son pocos los que, como Gadafi, se atrevieron a declaraciones tan reaccionarias como “Ben Ali es el presidente legal de Túnez”. La mayoría de los gobiernos intenta prohibir las manifestaciones de solidaridad con el proceso revolucionario tunecino, como es el caso del Marruecos de Mohamed VI, o trata de marginalizarlas lo más posible. Decenas de activistas, pese al clima reaccionario que reina en Egipto, marcado por la instrumentalización de las tensiones interreligiosas, lograron concentrarse frente a la embajada de Túnez en Cairo, gritando “¡Ben Ali, pasa a recoger a Murabak (presidente de Egipto) para llevártelo al exilio!”. En Yemen, otro país paralizado por una solapada guerra civil entre distintas fracciones de la burguesía y blanco de operaciones aéreas estadounidenses en nombre de la guerra contra el terrorismo, más de mil estudiantes de la universidad de Saná, la capital, manifestaron, llamando los pueblos árabes a seguir el ejemplo tunecino (...) Lo más importante desde el punto de vista de la situación mundial tal vez sea que la caída de Ben Ali representó sobre todo un golpe durísimo para los imperialistas, más particularmente la ex potencia colonial, Francia (...) Con Ben Ali acaba de caer uno de los aliados claves de París en Magreb, a la vez gendarme regional y garante durante más de veinte años de las pingües ganancias y jugosos negocios (...).

Las raíces de la caída de Ben Ali

El proceso tunecino no es un caso aislado, aunque sí el más acabado hasta ahora, en una región en plena ebullición. En los últimos años se sucedieron una serie de revueltas populares o a veces procesos huelguísticos que empezaron a marcar un punto de inflexión en la situación regional, como en Egipto y Argelia (...) Tanto en el caso argelino como egipcio, se trataba de la expresión de una bronca hacia las pésimas y cada vez peores condiciones de vida y de trabajo, el incremento del precio de los bienes de primera necesidad, la ausencia de libertades en países dominados por una casta enquistada en el poder a través de partidos monolíticos. Estos son los mismos ingredientes que hicieron estallar la crisis tunecina (...) Estos elementos ya habían estado presentes durante el proceso de lucha que había sacudido la cuenca minera de Gafsa, en Túnez en 2008, cuando miles de jóvenes desocupados de la ciudad de Redeyef, con el apoyo de los trabajadores y de sectores opositores y combativos de la central única, la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT), habían protagonizado una revuelta ahogada en sangre por pan, libertad y trabajo. A diferencia de los procesos argelinos y egipcios, esta vez el proceso tunecino de diciembre y enero no quedó circunscripto solo a un sector o región sino que se extendió a todo el país. Contó, por otra parte, con la participación de sectores clave del proletariado tunecino, tanto del sector público como de la industria y del sector terciario (dominado en buena parte por multinacionales que deslocalizaron su producción y servicios). En fin, logró quebrar el consenso existente entre la clase dominante, forzando la renuncia de un autócrata sanguinario que parecía haberse convertido en presidente vitalicio de Túnez, apoyado en una clientela de mafiosos y policías que actuaban como socios menores de la expoliación planificada del país operada por los imperialismos (...)

La caída de Ben Ali deja un vacío de poder que las “palomas” del RCD, el ejército y sectores de la oposición burguesa con el sostén del imperialismo intentan llenar para evitar que la situación degenere aun más, en pos de proponer a mediano plazo una estabilización definitiva de la situación. Lejos de cerrarse sin embargo, el proceso sigue abierto después de la huida de Ben Ali.

El gobierno fantoche de Ghannouchi, entre continuidad y reformas cosméticas

Por más que el número de manifestantes en la capital entre el 18 y el 19 de enero haya disminuido, que los saqueos cesaron y que los medios intentan insistir en una progresiva vuelta a la normalidad en las calles de Túnez, la crisis aguda que vive el país está lejos de haberse cerrado (...) A nivel político, se desplazaron a los duros del antiguo régimen para dejar espacio a las supuestas “palomas” del RCD, políticos menos implicados en la represión, los crímenes y las prácticas mafiosas del clan Ben Ali. Asumió como presidente Fouad Mebazaa, ex presidente del Parlamento, que a su vez nombró como Primer Ministro al ex Premier de Ben Ali, Mohamed Ghannouchi, anunciando elecciones en un plazo de seis meses (y no dos, como lo prevé la misma Constitución). Se trata de un gobierno continuista que intenta, a través de algunos retoques y cambios, mantener una estructura capaz de asegurar una transición que pueda salvaguardar los intereses de la burguesía tunecina y sobre todo de los negocios de los imperialistas.

Para reforzar el aspecto de cambio de fachada el Premier abrió su gobierno a fuerzas de la “ex oposición a su majestad” y a personalidades reconocidas. Los principales ministerios, luego de la proclamación del nuevo gabinete el 17 de enero, siguen en mano de los hombres de confianza del RCD pero Ghannouchi reservó algunos puestos a la oposición, apostando a que bastara como para darle una imagen renovadora al nuevo poder. Es la razón por la cual el gabinete proclamado el lunes 17/1 estuvo en un primer momento integrado por cuatro partidos moderados y social demócratas, entre los cuales el ex PC tunecino, Ettajdid, el Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades de Mustafa Ben Jaafar y sobre todo tres ministros de la UGTT.

No pasaron 24 horas antes de que saltara todo el acuerdo ante la presión de la calle y de la oposición aún ilegal (el moderado Congreso por la República del histórico opositor Moncef Marzuki, el Partido Comunista Obrero de Túnez (PCOT) de Hamma Hammami y el islamista Ennahda). Marzuki junto con otros sectores de la oposición burguesa como el gremio de los abogados exige la constitución de un gobierno de salvación pública sin el RCD y la disolución del ex partido de Ben Ali. No bastaron la desafiliación del Presidente y del Premier de la dirección del ex partido de Ben Ali para calmar los ánimos y frente a la presión de las bases de la UGTT los tres dirigentes sindicales y Ben Jafaar dimitieron.

A pesar del anuncio de la liberación de 1.800 presos políticos, el procesamiento de Ben Ali por corrupción y la disolución del ex ministerio de la Información, encargado de la censura, el 19/1 se realizaron nuevas manifestaciones en la capital, Regueb, Kasserine y otras ciudades con asaltos a sedes del RCD. “Queremos un nuevo Parlamento, una nueva Constitución, una nueva República” coreaban en la avenida Burguiba los manifestantes, “nos sacamos de encima el dictador pero aún no la dictadura” (...)

Por una alternativa revolucionaria para la clase obrera tunecina y del Magreb

La principal carta del grueso de la burguesía tunecina (el nuevo gobierno, el Ejército, más la oposición moderada) y del imperialismo consiste hoy en día en apostar a una “transición política a la democracia”, es decir una contrarrevolución democrática en la que poner a salvo lo esencial del capitalismo tunecino y los “acuerdos de expoliación” con el imperialismo (...) Sin embargo lo burdo de las primeras intentonas de “democratización cosmética” hace que el movimiento de masas mantenga un rechazo frontal al gobierno de Unidad nacional de Ghannouchi y al mantenimiento del ex partido de Ben Ali (...) La ex oposición legal (Ettajdid, Movimiento de los Demócratas Socialistas, etc.) defienden el diálogo y el gobierno de unidad nacional que buscará la reconciliación con los verdugos de la dictadura, que dejará intactos los acuerdos de sumisión de Túnez al imperialismo y que no resolverá ninguno de los problemas de desocupación, carestía y miseria que padecen los trabajadores y el pueblo de Túnez. Otros partidos como el de Marzuki o el islamista Ennahda defienden fundamentalmente la misma estrategia, aunque radicalizando sus propuestas exigiendo la constitución de un gobierno de unidad basado en la exclusión del RCD y la convocatoria de Constituyente dejando en pie por ahora todo lo que permanece del régimen benalista.

Es necesario plantear que la única salida verdadera y auténticamente democrática para Túnez, en ruptura con las “palomas” del RCD o de la oposición burguesa laica o musulmana pasa por la convocatoria de una Asamblea Constituyente capaz de rediscutir de las bases mismas del país sobre las ruinas del régimen benalista y los acuerdos de sumisión imperialista a Francia y la UE. Esta Asamblea Constituyente no puede ser convocada más que por un gobierno obrero y popular basado en los comités de huelga y populares independiente del ejército, constituido por quienes fueron el motor de la caída revolucionaria de Ben Ali, la clase obrera y la juventud.

Después de haber mantenido durante décadas un criminal diálogo con Ben Ali, la dirección de la UGTT defiende la perspectiva de un acuerdo con un gobierno burgués de unidad nacional que estaría dispuesto a llevar a cabo una reforma cosmética del régimen un poco más radical de lo que está proponiendo hasta ahora Ghannouchi que sabe que la segunda carta de un gobierno interino, además del ejército, sería la central sindical. A este camino es necesario oponer la necesidad de terminar con toda aquella burocracia sindical que sigue a la cabeza de la central, que negoció la explotación y la opresión de la clase obrera y del pueblo con la sangre de los opositores, vendiéndolos a la policía y a los aparatos de seguridad. La oposición combativa de la UGTT tendría la capacidad de convocar, en base a la experiencia que acaba de hacer la clase obrera tunecina, un gran congreso de base de la central para que los trabajadores, la juventud y los estudiantes de la Unión General de Estudiantes Tunecinos (UGET) puedan recuperar la central obrera y ponerla al servicio exclusivo de sus intereses.

Por otra parte debemos defender el camino del desarrollo de la autoorganización independiente de los trabajadores y el pueblo, en base a las luchas que paralizaron las principales empresas del país. Esto pasa a través de la constitución de comités de huelga y barriales independientes de cualquier variante burguesa y autónoma del ejército en el cual no se puede depositar ninguna confianza para pelear hasta el final contra los restos del régimen de Ben Ali y el gobierno de Unidad nacional.

Contra la falsa democracia que promoverá el imperialismo y las distintas alas de la burguesía tunecina debemos oponer la lucha por una Asamblea Constituyente para discutir los problemas del país desde la raíz, explicando que una Asamblea Constituyente de este tipo sólo se conseguirá si los trabajadores y el pueblo imponen un Gobierno Obrero y Campesino. Sería la única perspectiva de poder capaz de terminar con la miseria y la desocupación, a través de un programa que incluiría un gran plan de obras públicas bajo el control de los trabajadores y el pueblo, la renacionalización y la expropiación de todas las multinacionales imperialistas en pos de la construcción de un Túnez socialista en el marco de la lucha por una Federación de Repúblicas Socialistas del Magreb y Oriente Medio.

Sin un partido marxista revolucionario arraigado en el proletariado y la juventud que ofrezca a las masas una perspectiva realmente independiente de cualquier facción burguesa, es imposible que el proceso tunecino triunfe hasta el final. Es la razón por la cual defendemos la perspectiva de la reconstrucción de un partido mundial de la revolución socialista y de sus secciones nacionales, la IV Internacional. La caída de Ben Ali es el primer embate de un proceso revolucionario que, de profundizarse, representaría una grieta en el sistema de dominio imperialista. Es la razón por la cual la vanguardia obrera y los revolucionarios en los países centrales hemos de desarrollar lo más posible la solidaridad práctica y política con nuestros hermanos y hermanas de clase del otro lado del Mediterráneo, ya que todo golpe dado a la burguesía tunecina y a su fantoche Ghannouchi es un golpe asestado al imperialismo.


Un golpe al imperialismo... sobre todo al francés

Por: Philippe Alcoy, desde Francia

“A menudo la historia avanza más rápido que la diplomacia”. Con estas sabias palabras, el primer ministro del gobierno de Sarkozy, François Fillon, defendía a la ministra del Exterior, Michelle Alliot-Marie, ante las exigencias de renuncia de la oposición. En efecto, la ministra, pocos días antes de la caída de Ben Alí, le había propuesto la ayuda de Francia para restablecer el orden ya que “la prioridad [debía ser] el apaciguamiento después de enfrentamientos que provocaron muertes. Un apaciguamiento que [podía] apoyarse en técnicas de mantenimiento del orden (…) [y Francia posee] competencias en el asunto” (Le Monde, 11/1). Pero las palabras de Fillon más que una defensa de su gobierno, suenan como la confesión de que, ante la rapidez de los acontecimientos en Túnez, el imperialismo francés no tuvo tiempo de cambiar su discurso, adoptando una postura “demócrata”, ni mucho menos de preparar una alternativa burguesa y pro-imperialista de recambio.

La oposición burguesa y reformista en Francia (PS, Verdes, PCF, Parti de Gauche) aprovecha este hecho para presentarse como los “verdaderos representantes del país de la democracia y de los Derechos Humanos”. Sin embargo, esta postura no resiste a los archivos, empezando por el hecho escandaloso de que el partido de Ben Ali formaba parte de la Internacional Socialista hasta hace tan solo tres días cuando tomaron la “decisión de expulsarlo”. En efecto, en 1997 Lionel Jospin, primer ministro del gobierno de la “Gauche Plurielle” (PS-Verdes-PCF), recibía con estas palabas a Ben Alí: “La corriente de intercambio entre nuestros dos países es cada vez más densa (…) Ella se basa en las relaciones culturales, científicas, profesionales o comerciales en pleno desarrollo. También rinde homenaje a la nobleza, a la civilidad, a la amabilidad de su pueblo y a la calidad de los dirigentes que Túnez se dio (…) Su visita de Estado me brinda la ocasión de afirmar el compromiso de mi gobierno con el suyo en este periodo de transición crucial para la sociedad tunecina” (Discurso del 21/10/97, Paris). Incluso sin ir muy lejos en 2008 el mismo D. Strauss-Kahn, actual director del FMI y miembro del PS, en medio de todo tipo de elogios de su parte a la política económica del gobierno de Túnez, recibía la condecoración de Gran Oficial del Orden de la República por parte de Ben Alí.

Es que la cuestión del apoyo al régimen reaccionario de Ben Alí no es un asunto de tal o cual gobierno sino del imperialismo francés en su conjunto. El imperialismo francés es en efecto el principal inversor extranjero en Túnez (en los últimos años invirtió en promedio 90 millones de euros por año – con un pico de 300 millones en 2008), más de 1.250 empresas francesas actúan en el país (40% del total de empresas extranjeras), Francia es también el principal abastecedor del mercado tunecino (20,1%) y su principal cliente (29,3% de las exportaciones tunecinas).

Pero en última instancia la importancia fundamental de Túnez para el imperialismo francés residía en el rol estabilizador que este país jugaba en la región: “las ventajas de las que dispone Túnez en términos económicos y políticos continúan atribuyéndole, según entiende Francia, un rol importante para la estabilidad del Magreb y para la continuidad de la construcción euro-mediterránea” se puede leer aun en la página oficial de la diplomacia francesa. En ese sentido, el proceso revolucionario abierto en Túnez es un elemento desestabilizador para los intereses del imperialismo francés en toda la región.

Es eso lo que explica el apoyo del imperialismo al “gobierno de unidad nacional”, compuesto por figurones reciclados del régimen, opositores “moderados” y por ciertas personalidades de la “sociedad civil”, que como agente de la contrarrevolución democrática, intenta poner fin al proceso y restablecer la “estabilidad”.





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