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Miércoles 9 de abril de 2014

DECLARACIÓN DE LA FRACCIÓN TROTSKISTA - CUARTA INTERNACIONAL

Ucrania. Crisis política y disputas entre las potencias imperialistas y Rusia

Declaración FT-CI


Las movilizaciones que sacudieron Ucrania desde noviembre pasado y terminaron con la destitución de Yanukovich y la instauración de un gobierno pro occidental, abrieron una crisis de magnitud que superó las fronteras del país convirtiéndose en un conflicto internacional en el que intervienen activamente los imperialismos norteamericano y europeos por un lado, y Rusia por el otro. Este conflicto, que generó la tensión más importante entre Rusia y Occidente desde la caída de la URSS, tuvo su punto más alto con la anexión de Crimea por parte de Rusia y hoy continúa en las negociaciones entre el secretario de estado norteamericano y su par ruso sobre el futuro de Ucrania, en el marco de un clima de tensión, como muestran las movilizaciones –aun minoritarias- en el este del país reclamando la unificación con Rusia. La injerencia directa de Occidente y de Moscú no representa ninguna salida progresiva para los trabajadores y el pueblo de Ucrania.

El carácter de las movilizaciones de la plaza Maidán

La decisión en noviembre de 2013 del gobierno pro ruso de Yanukovich de cancelar la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE), disparó una ola de movilizaciones en algunas ciudades occidentales del país con centro en la plaza Maidán de la capital, Kiev.

Tras intentar por diversas vías desmontar las manifestaciones, el gobierno de Yanukovich dio luz verde a una violenta represión que terminó precipitando su caída. Luego de varios días de enfrentamientos que dejaron un saldo de casi 100 muertos, y de un intento fallido de salida negociada con la UE que preservaba a Yanukovich hasta diciembre, el 23 de febrero el parlamento ucraniano destituyó a Yanukovich, y nombró a Alexandr Tuchinov (del principal partido opositor liberal) como presidente provisorio y llamó a elecciones anticipadas para el 25 de mayo.

Si bien las manifestaciones tuvieron como trasfondo el malestar por la profundización de la crisis económica y el odio contra el gobierno corrupto y represor de Yanukovich, agravado por la dura respuesta represiva de las fuerzas de seguridad, en lo esencial albergaron esperanzas en que un tratado de libre comercio con la Unión Europea podía dar respuesta a sus penurias, justamente en momentos en que la UE viene aplicando brutales planes de ajuste para descargar la crisis sobre los trabajadores. Estas movilizaciones estuvieron teñidas por un fuerte nacionalismo anti ruso, manipulado por los partidos de la oposición burguesa liberal –como el partido Patria de Yulia Timoshenko y la Alianza Democrática Ucraniana para la Reforma (UDAR) del exboxeador Vitali Klitschko ligado a Alemania- para su política de aliarse a las potencias imperialistas. Sobre este nacionalismo también actúan los grupos de la extrema derecha, integrados al régimen como el partido Svoboda o sectores más radicalizados, incluso neonazis, como el Sector de Derecha que jugó un rol importante en el proceso que llevó a la caída del gobierno, y según varios analistas, fueron el núcleo de las milicias armadas de la plaza Maidán. Esta alianza entre partidos neoliberales y grupos de extrema derecha al servicio de los intereses de la clase dominante, le imprimió su sello al movimiento.

La caída de Yanukovich también es producto de que la fracción de oligarcas alienados con su gobierno, entre ellos Rinat Ajmetov, el hombre más rico de Ucrania que amasó su fortuna quedándose con las principales minas de la región de Donestk a la sombra del poder estatal y el oficialista Partido de las Regiones, le quitaron el apoyo y se pasaron al bando de la oposición, entre otras cosas, por diferencias de intereses con miembros de la familia Yanukovich devenidos oligarcas. Estos magnates –que dividen sus apoyos entre el Partido de las Regiones y los partidos de la oposición liberal- se benefician tanto de la relación con Rusia como con occidente donde tienen negocios millonarios.

La estrecha relación entre la burguesía y los partidos políticos ucranianos, que viene desde los inicios de la restauración capitalista, se expresó en la designación de prominentes oligarcas al frente de distintas gobernaciones tras la caída de los partidarios de Yanukovich.

Para dejar en claro su carácter reaccionario y pro occidental el nuevo gobierno acaba de anunciar un aumento del 50% en el precio del gas, lo que es parte de un paquete de ajuste exigido por el FMI que incluye el congelamiento del salario mínimo, aumentos de impuestos y de los precios de los combustibles y la electricidad, entre otras medidas.

Por otra parte una de las primeras medidas votadas por el parlamento fue la abolición de la ley que protegía las lenguas minoritarias no ucranianas, lo que afecta directamente a la población ruso parlante que es mayoría en la península de Crimea y todo el Este del país. La medida se sumó al odio anti ruso que ya venía expresando la derecha nacionalista y los grupos neonazis dentro del movimiento de la Plaza Maidán.

Por esto, a pesar de que el gobierno de Yanukovich haya caído, la crisis se cerró con un recambio de las fracciones de las camarillas capitalistas que están en el gobierno.

La intervención de las potencias imperialistas y de Rusia

Ucrania se transformó en un campo de batalla entre Estados Unidos (y la Unión Europea), por un lado, y Rusia por otro, donde hay en juego importantes intereses económicos y geopolíticos.

Las potencias imperialistas quieren capitalizar la caída del gobierno pro ruso de Yanukovich y su reemplazo por un gobierno pro europeo para avanzar en arrancar a Ucrania de la órbita de influencia de Rusia y alinearla con los intereses de Estados Unidos y la UE, amenazando (aunque cada vez menos) con la expansión militar de la OTAN hasta las fronteras rusas. Como respuesta, el presidente Vladimir Putin desplegó decenas de miles de soldados en la frontera occidental con Ucrania y alentó el referéndum en Crimea que definió su independencia de Ucrania y la reunificación con Rusia. Crimea es una región estratégica donde está alojada la flota rusa del Mar Negro. La movida rusa fue originalmente repudiada por EEUU y la UE que incluso hicieron votar una resolución de la ONU desconociendo la separación, sin embargo el punto de Crimea ya estuvo afuera de las últimas negociaciones entre Kerry y Levrov. Todavía está por verse si la anexión de Crimea implicará para Putin la pérdida de su influencia en Ucrania, el país más importante en su frontera occidental y uno de los pilares de su estrategia geopolítica de recrear una esfera de influencia que amortigüe la ofensiva de Estados Unidos y la UE, frene el avance de la OTAN y garantice su estatus de potencia regional con cierta proyección para influir en conflictos internacionales de importancia estratégica.

Si bien la política de Rusia plantea un desafío a las potencias imperialistas al modificar por segunda vez las fronteras (ya lo había hecho en 2008 en Georgia con la independencia de Osetia del Sur y Abjasia), su intención no es declarar una guerra a las potencias occidentales, sino mejorar la relación de fuerzas para negociar. Es que si bien Rusia viene ocupando en los últimos años un rol de potencia regional, está lejos de ser un país imperialista como plantea un sector de la izquierda a nivel internacional.

Desde la desintegración de la ex Unión Soviética en 1991, y aprovechando el caos de los primeros años de la restauración capitalista bajo el gobierno de Yeltsin con la consecuente decadencia económica, política y social de la exURSS, Estados Unidos avanzó sobre Rusia y su zona de influencia, aunque no pudo transformar a Rusia en un país semicolonial. Con la llegada de Putin al poder este curso de desintegración comenzó a revertirse, pero sin modificar ninguno de los parámetros estructurales de la decadencia rusa. Putin estableció un régimen bonapartista, fortaleciendo la autoridad estatal, tomó el control férreo de los principales recursos del país –enfrentando incluso a algunos de los oligarcas que se habían quedado con el botín de las privatizaciones, reconvirtió a Rusia de vieja potencia industrial en un país exportador de petróleo y gas, beneficiándose ampliamente de los altos precios de estas materias primas y recompuso su ejército. Esto llevó a que en los últimos años Rusia resurgiera como una potencia regional y que intentara resistir la política ofensiva de las potencias occidentales sobre su esfera de influencia más cercana desplegando una serie de iniciativas como la Unión Aduanera Euroasiática, o subsidiar el precio del gas, aunque de ninguna manera transformarse en una gran potencia: su economía es cada vez más rentística y depende del precio del petróleo y el gas. En el plano geopolítico, tres exrepúblicas soviéticas, Estonia, Letonia y Lituania y el resto de los aliados del Pacto de Varsovia han ingresado a la OTAN.

Es por esto que Rusia juega entre las contradicciones de occidente para disimular su propia debilidad. Por su parte, ni Estados Unidos ni la UE están dispuestos a ir a una ruptura insalvable con Rusia, menos aún a un enfrentamiento militar.

En el marco de su decadencia hegemónica la política de Estados Unidos fue amenazar con imponer sanciones económicas marginales sobre algún miembro del gobierno ruso, mientras que la Unión Europea, aunque apoyó el levantamiento contra Yanukovich y busca incorporar a Ucrania a su órbita económica y militar, no puede avalar un régimen de sanciones económicas ya que esto iría en contra de los intereses de sus principales miembros. El abastecimiento de energía de la Unión Europea depende del gas que importa desde Rusia. Esto explica la línea mayoritariamente negociadora de la UE, en particular de Merkel que incluso se opone a implementar sanciones leves, que buscan un equilibrio entre sancionar la ofensiva rusa sobre Crimea pero sin que esto afecte sus relaciones económicas.

Incluso si se mantuviera en su dimensión actual, el conflicto en Ucrania ya ha puesto las relaciones entre Rusia y Occidente en su punto más bajo desde la disolución de la URSS y ha abierto una crisis internacional que potencialmente puede alterar las coordenadas del sistema internacional surgido tras la guerra fría. Si se percibe que las potencias occidentales y en particular Estados Unidos, no son capaces de imponerse y mantener el orden, otros actores, desde Corea del Norte o Irán hasta China podrían verse alentados a hacer avanzar sus intereses.

Durante los últimos días continuó la injerencia sobre Ucrania de los imperialismos y de Rusia. El FMI y la UE prometieron un paquete de ayuda a cambio de un ajuste brutal y esperan a ver la confiabilidad del gobierno que surja de las elecciones del 25 de mayo (en el que esperan tenga menos peso el sector nacionalista). Putin por su parte anunció un aumento del 40% para el gas que le vende a Ucrania, lo que empeorará aún más las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo, al mismo tiempo que anunciaba ayuda financiera y aumentos de salarios para los habitantes de Crimea, alentando el nacionalismo ruso en el resto del país y llamando a una mayor federalización y autonomía de las distintas regiones.

Una salida obrera e independiente

Ante la crisis ucraniana una parte de la izquierda salió a encolumnarse detrás de las movilizaciones de la plaza Maidán, absolutizando el componente de odio hacia el gobierno pro ruso de Yanukovich y las penurias producidas por la crisis económica y negando el programa pro occidental que levantó desde el principio, como así también a las direcciones reaccionarias que estaban a la cabeza del movimiento. Organizaciones como la LIT o la UIT, que ya prácticamente ven revoluciones democráticas triunfantes en todas partes, volvieron a quedar como furgón de cola de un campo burgués al definir el proceso que terminó con la destitución de Yanukovich y la asunción de un nuevo gobierno neoliberal, pro occidental y derechista, como una “victoria democrática” de las masas. Incluso la LIT dio a entender que el movimiento de la Plaza Maidán sería similar a los organismos de autodeterminación revolucionarios y que las comisiones de autodefensa tuvieron un papel de vanguardia “aunque en ellas había sectores de ultraderecha”. Tampoco le da su justa importancia a las ambiciones geopolíticas de las potencias imperialistas al interior del proceso. Posiciones así solamente pueden crear confusiones y errores.

Por otra parte, un sector minoritario de la izquierda terminó apoyando a Rusia frente al ataque de occidente, replicando la teoría de los campos pero a nivel internacional, como si todavía hubiera guerra fría y una URSS que defender. Es decir una política que alberga expectativas en que el nacionalismo bonapartista de Putin puede ser una alternativa progresiva frente a EEUU y la UE, sin dar cuenta de que los intereses de potencia regional de Rusia y los de la oligarquía que parasitó la economía ucraniana desde la caída de la URSS son contrarios a los de los trabajadores y los pueblos oprimidos de Ucrania, cualquiera sea su etnia o nacionalidad.

Es que en esta trama de intereses económicos y geopolíticos de las potencias imperialistas y Rusia, los trabajadores y los sectores populares ucranianos son utilizados como moneda de cambio.

En las dos décadas de restauración capitalista, tanto con gobiernos pro rusos como pro occidentales, los oligarcas han saqueado la propiedad estatal quedándose con los principales negocios.

Tanto las potencias occidentales como Putin están usando la carta nacional para hacer avanzar sus intereses, opuestos por el vértice a los trabajadores y los sectores populares rusos y ucranianos.

El nuevo gobierno pro occidental alienta al odio ancestral anti ruso fundado en la opresión histórica sufrida primero bajo el imperio zarista y luego bajo el estalinismo, para sus fines reaccionarios de aliarse las potencias imperialistas y pactar su sumisión al FMI y Bruselas a favor de los negocios de los oligarcas locales. Putin utiliza el nacionalismo y la identidad étnica rusa para establecer en Crimea una posición de fuerza en su relación con las potencias occidentales y reafirmar los intereses de los capitalistas rusos.

Mientras tanto, los trabajadores y los sectores populares, tanto en Rusia como en Ucrania, sufren condiciones de vida cada vez más degradadas, y van a ser quienes paguen los costos de la crisis capitalista.

En los países de la ex Unión Soviética y del este europeo, las décadas de opresión bajo los regímenes de la burocracia estalinista y la falta de una alternativa, facilitaron la propaganda procapitalista de occidente y la identificación entre socialismo y estalinismo, lo que llevó al desarrollo de una ideología anticomunista reaccionaria, sobre la que se basan los grupos de extrema derecha, incluso neonazis. Sin embargo, a más de dos décadas de la caída de los regímenes estalinistas y la desaparición de la exURSS, está claro que la restauración capitalista solo significó el enriquecimiento de una pequeña minoría de oligarcas y penurias para las amplias masas de trabajadores.

Aunque hoy parezca una perspectiva lejana, la única salida progresiva surgirá de la lucha unificada de la clase obrera contra sus explotadores locales y sus socios imperialistas, esto es de una política independiente respecto tanto al bando “pro-occidental” como “pro-ruso”.

Es por eso que los trotskistas de la FT-CI planteamos que la única perspectiva realista para que Ucrania sea independiente es expropiar a los oligarcas –los nuevos capitalistas que se quedaron con las grandes empresas públicas- dejar de pagar la deuda externa, nacionalizar la banca, el comercio exterior y los principales recursos de la economía y ponerlos al servicio de los trabajadores y sectores populares, es decir, luchar por una Ucrania obrera y socialista con derechos democráticos para todos los grupos étnicos y nacionales. Esta sería una palanca para la revolución social en Rusia y Europa, donde se jugará, en última instancia, el destino de Ucrania.


Secundario Columna Derecha


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