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Periódico / Historia

Martes 6 de marzo de 2012

HISTORIA

A 23 años del “Caracazo”: ¿ha sido el gobierno de Chávez la expresión “revolucionaria” de la revuelta social?

Por Giovanny Ciavattoni


Presentamos a continuación una versión resumida de este importante artículo que el lector podrá leer en su versión completa aquí

El torbellino social de 1989, que puso en la escena política la intervención explosiva de las masas populares del país, con la avalancha de los sectores pobres se abre un periodo de inestabilidad para el stablishment político, agitando los nervios de las fracciones burguesas y la dominación imperialista, donde las tensiones sociales marcan un nuevo ritmo de luchas frente a los ya frágiles mecanismos de “hegemonía burguesa”, lo que se expresó en largas protestas, paros y movilizaciones que recorrieron el territorio nacional. Era el momento donde el tejido social se desgastaba, las instituciones de la democracia representativa: sus partidos, el ejército, el parlamento, y el sufragio, atravesaron una profunda crisis. Desde el “sacudón” del 27 y 28 de febrero, con la represión despiadada de la policía y el ejército, el saldo de miles de muertos en las calles, a los ojos de las clases oprimidas ya era un hecho: se iniciaba el declive del régimen puntofijista. Ahora bien, derrotada la revuelta, ¿fue el ascenso de Chávez al gobierno la continuidad revolucionaria de la crisis?

Este combate de los pobres urbanos y de las masas laboriosas del país fue una rebelión con rasgos insurreccionales objetivos y espontáneos, de fuerzas elementales, defensiva, pero que colocaban a las masas como parte de la resistencia que por aquellos años se libraban en otros países, demostrando que frente a tal brutal ofensiva, la resistencia solo podría librarse mediante acciones revolucionarias. Con este ciclo se inauguró un período de fuerte movilización social, crisis institucionales, enfrentamiento entre los poderes del Estado, fractura en las Fuerzas Armadas, alta abstención electoral, fin del bipartidismo, desprestigio de las instituciones, y sobre todo, de creciente resistencia obrera y popular a los planes de la burguesía y el imperialismo, que fueron debilitando más el sistema democrático burgués sobre el que se apoyaba, y todavía se apoya, el capitalismo venezolano.

El ascenso de las luchas y el descontento de las masas

En los meses anteriores al estallido, la situación iba adquiriendo una tensión cada vez mayor, la cual se expresaba en las manifestaciones estudiantiles, obreras y populares que brotaban en el panorama nacional. Los salarios de hambre que eran devorados por la inflación, que alcanzó en ese año el 52% y una tasa de desempleo del 9,6% [1], la pobreza general que se elevó al 70% y la extrema en un 30% [2], con el peso de las medidas económicas de desregulación que terminaron por estrangular los bolsillos de los sectores más pobres. En esos años el ánimo de las masas cobraba un auge importante. Las manifestaciones estudiantiles se volcaban a las calles contra el gobierno, el movimiento obrero marchaba para exigir salarios atrasados y nuevos incrementos, en el conjunto del pueblo pobre se gestaba la rabia por las míseras condiciones de vida.

¿Qué desató la irrupción y la rabia de las masas?

Las medidas económicas del ex presidente Pérez, que salen a la luz el 16 de febrero del ‘89, se planteaban “reactivar la economía”, ese plan contempló desmontar los pocos mecanismos de ayuda a las clases más pobres, con una maniobra de tipo neoliberal de menos impuestos a los más ricos, liberalización de precios y altas tasas de interés bancarias, privatizaciones, congelamiento salarial y la aplicación de las recetas fondomonetaristas. Las políticas de ajustes apuntaron al aumento de la gasolina en un 100%, incremento de los precios del transporte en un 30% y el alza de los servicios básicos como luz, agua y teléfono. Además del “paquetazo” se cumplía el pago a la deuda externa y el endeudamiento público crecía a saltos agigantados. En esta situación el país estaba sobre un barril de pólvora, que desde las masas populares nadie se calaba más. Los hechos son conocidos.

Luego de rebasada la represión policial del 27, el 28 de febrero la alta oficialidad del ejército, siguiendo las instrucciones del gobierno adeco, da las órdenes de arremeter, a sangre y fuego, contra las manifestaciones populares.

Ausencia de dirección revolucionaria y el desvío hacia un reordenamiento burgués

Ante el carácter cada vez más explosivo de la situación nacional, con una crisis enorme por el agotamiento del “modelo petrolero”, la debacle de los partidos tradicionales, una izquierda reformista y capituladora que siempre apostó a gestionar el capitalismo, no hubo en el país una dirección revolucionaria del movimiento obrero y popular.

La ausencia de una izquierda revolucionaria, que hiciera experiencia en el control de fábricas, movilización tras movilización, agitación permanente por las “demandas democráticas” y al mismo tiempo se enlazaran esas peleas por un programa de transición con miras a derribar el ejercito burgués, el Estado que garantiza la propiedad de los explotadores y construir la democracia obrera con base a lo socialización de los medios de producción y la gestión de las riquezas sociales de acuerdo a los intereses de las mayorías trabajadoras, terminó en un desvío para los trabajadores y el pueblo en general.

En la medida que aumentaban las temperaturas y el régimen sufría una crisis de descomposición político-estatal, los mandos medios del poder militar, entre ellos Chávez, Baduel y el resto, se atrevieron a levantarse contra el gobierno inmundo de Carlos Andrés Pérez, sin tener conexión alguna con el movimiento de masas, un golpe con un carácter preventivo, es decir, en medio de una crisis de esta envergadura cuando las contradicciones sociales y el ascenso de luchas les impedía a los “partidos de turno” seguir gobernando con los mecanismos de la democracia burguesa, para los militares era clave evitar un escenario de mayor convulsión, cuando los elementos de cohesión social no funcionaban, y su papel fue evitar ese “desbordamiento” que ya ponía en peligro la estabilidad del dominio burgués.

El gobierno que luego surge con Chávez en 1998, en medio de la grave crisis, se propuso desde un primer momento canalizar la rabia y el descontento en los límites de la explotación capitalista, es decir, con el intervencionismo estatal en la economía su objetivo apuntó a subsanar o recomponer la gran crisis del régimen, en la legalidad del orden, con las mismas leyes que resguardan las relaciones capitalistas de producción, y hasta la fecha con los recursos estatales ha otorgado concesiones a las masas populares, para contener y adaptarlas a otra forma de dominio burgués.

En esa misma línea, Chávez se abroga un papel de simple “árbitro”, de mediador entre el capital y el trabajo, y sus políticas apenas dan para suavizar parcialmente la explotación, solo de forma transitoria por los altos ingresos petroleros, mientras continúan los graves problemas de entonces: pobreza, salarios precarios, explotación de los trabajadores, millones sin vivienda, campesinos sin tierra, servicios públicos insuficientes, etcétera.

Una estrategia obrera y popular, la independencia política

La experiencia histórica de los gobiernos de este tipo como los primeros de Perón en Argentina, y Cárdenas en México –aunque el de Chávez es incluso más tibio con relación a aquellos–, han demostrado sus limitaciones y su papel de “colaboración de clase” con el orden existente, los caballeros que hoy gobiernan tienen como principal eje de su política construir “puentes” con los sectores del capital interno, entenderse en otros “términos” con la explotación del capital extranjero, al tiempo que, en las condiciones especiales del capitalismo petrolero y en una economía altamente dependiente de los centros imperiales, el Estado “crece” y se “eleva” por encima del movimiento de masas y busca “maniobrar” con sus necesidades, haciéndole concesiones para “contener” sus propias iniciativas de lucha, su irreverencia, consiguiendo “disciplinar” de arriba a abajo su capacidad de acción, lo que busca impedir un movimiento de las propias masas oprimidas que sobrepase los limites de “lo posible”, en la legalidad del orden y en la trampa de sus clases dominantes.

El proyecto político de Chávez y su gobierno, no son pues la continuidad revolucionaria de la rebelión social del ’89 y los años siguientes, sino su desvío y encausamiento en los estrechos límites del reordenamiento de la sociedad burguesa.

Desde la LTS sostenemos que hay que pelear para que aflore una opción independiente de la clase trabajadora donde su propia experiencia, con las lecciones históricas de otros procesos, permitan dar un salto cualitativo en la batalla contra los males del capitalismo. En ese sentido elevamos la idea del socialismo proletario, que tiene un gran desafío por delante y debe emprender duras peleas por la construcción de un partido revolucionario de la clase obrera que agrupe las luchas y las banderas del campesinado y el resto de las masas populares, que impulse el desarrollo de las tendencias a la autoorganización obrera y popular para la lucha, en la perspectiva de que las organizaciones de democracia directa sean el único gobierno de la sociedad, conquistando así su autodeterminación política y social generalizada.

[1Edgardo Lander, Neoliberalismo, sociedad civil y democracia, pp. 92.

[2Sobre la evolución y los determinantes de la pobreza en Venezuela, BCV, 1997.






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