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Periódico / Mujer

Sábado 29 de noviembre de 2008

Columna Pan y Rosas

La opresión de las mujeres para el marxismo

Pan y Rosas-Argentina


(…) Las experiencias de violencia contra las mujeres no constituyen casos aislados; esa violencia tiene un origen histórico y social. Surgió junto con el desarrollo de la propiedad privada, cuando se relegó a la mujer al ámbito privado, subordinándola al poder masculino. Pero, ¿cómo se llega a esta situación?

En las comunidades primitivas, la producción estaba destinada exclusivamente para el consumo y mantenimiento de sus miembros. Primaba la escasez y los seres humanos debían enfrentar las fuerzas de la naturaleza ante las cuales aún no habían desarrollado gran dominio. Cazar, pescar, recolectar frutos, cocer los alimentos, fabricar herramientas y otros instrumentos para desarrollar estas actividades, ocupaban a todos los integrantes de la comunidad. Las mujeres, obligadas por los ciclos vitales de las menstruaciones, los embarazos y partos a realizar actividades más sedentarias, se dedicaban particularmente a la crianza comunitaria de niños y niñas pequeños, la elaboración de los alimentos y la vestimenta, la alfarería, etc. El misterio que generaba su capacidad de procrear, hacía que ellas fueran especialmente estimadas por el grupo social.

Más tarde, el descubrimiento de la agricultura, la fundición de metales y la domesticación de animales permitieron aumentar las riquezas sociales generando un excedente y, así, ya no fue necesario que todos los miembros de la comunidad trabajaran para garantizar su supervivencia: mientras la mayoría lo hacía, un sector minoritario podía liberarse de esta carga y ser sostenido por el resto, estableciéndose una primera diferenciación social al interior de la comunidad que dio origen a las clases sociales. A lo largo de miles de años, las clases liberadas de la carga del trabajo productivo, no sólo monopolizaron las armas, sino que ejercieron también el gobierno y se apropiaron de la propiedad colectiva de la tierra y los instrumentos de trabajo. Al mismo tiempo, se descubrió la relación existente entre el coito y la reproducción, lo que permitió entender el papel del varón en la procreación. Esto permitió, entre las clases dominantes, establecer una línea paterna de herederos legítimos que obtendrían las propiedades de la familia a la muerte de su progenitor. Pero para esto, para garantizar la legitimidad de la descendencia, hubo que recluir a las mujeres al interior del hogar estableciendo, para ellas, la obligación de la monogamia. Como dice Federico Engels, ésta fue la gran derrota histórica del sexo femenino: la mujer se vio convertida en servidora y esclava del hombre, en un “instrumento” destinado exclusivamente a la reproducción. El antiguo derecho romano establece esta nueva forma de “unión” en la que la familia aparece constituida por el padre que ejerce su derecho (incluso de dar muerte) sobre los hijos, la esposa y los esclavos que le sirven. Cientos de años fueron necesarios para que este “modelo” de familia de las clases dominantes se impusiera también a las clases explotadas, a través de la ideología que se impartía por medio del Estado, la Iglesia, y otras instituciones.

A este dominio del varón adulto sobre las mujeres y sus hijos, en las relaciones sociales para la reproducción, el marxismo lo denomina “patriarcado”. Mientras los modos de producción fueron cambiando -amos y esclavos, señores y siervos, burgueses y proletarios-, el sistema de reproducción patriarcal ha variado en cuanto a sus formas, pero no en lo esencial. Con el surgimiento del capitalismo, la opresión de las mujeres que se origina en este modelo patriarcal de las relaciones entre los sexos, no sólo permanece sino que se convierte en un aliado indispensable para garantizar, reproducir y legitimar la explotación asalariada. Porque si bien el capitalismo introdujo a millones de mujeres, niñas y niños en el mercado laboral, no trajo la tan deseada “liberación femenina”: para la inmensa mayoría de las mujeres, trabajar fuera de su hogar significa ser sometidas a una doble jornada laboral, invisibilizando que las tareas domésticas, necesarias para que la clase trabajadora reponga su energía diaria (para gastarla nuevamente al día siguiente, bajo el látigo patronal), son también un trabajo, pero uno que se realiza gratuitamente en las familias obreras, garantizado casi en su totalidad por las mujeres de esa familia.

Consideradas seres humanos “de segunda”, estableciendo que sólo debían ocuparse de las tareas domésticas y la reproducción, las mujeres terminaron siendo objeto de múltiples formas de maltrato, discriminación y subordinación. Por eso, frente a las explicaciones que sostienen que esta situación de opresión se debe a una cuestión “natural” y propia de la mujer, el marxismo plantea que esta violencia tiene un origen social e histórico y, por lo tanto, puede y debe eliminarse.





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