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Periódico / ELECCIONES PRESIDENCIALES 2012

Miércoles 9 de diciembre de 2015

ELECCIONES

¿Por qué no votamos por Chávez?



Entendemos que son millones entre la clase trabajadora y el pueblo pobre quienes confían en Chávez, sobre todo ante el pasado puntofijista, ante la actitud arrastrada de la oposición hacia el imperialismo estadounidense y su claro tinte proempresarial, ante el hecho que Chávez, favorecido por largas coyunturas de altos precios petroleros y un decisivo apoyo de masas, ha orientado parte de los recursos públicos para amainar parcialmente situaciones de miseria y pobreza, para mejorar el acceso a servicios elementales como la salud y la educación, y se pronuncia de palabra contra el capitalismo y sus injusticias, manteniendo una expectativa de “revolución” y una mejor vida para los de abajo.

Pero no se trata de comparar con un pasado miserable como el del puntofijismo, ni de un alivio temporal a algunos aspectos de la miseria y la pobreza, sino de acabar con un sistema que no nos ofrece más perspectivas que las de la explotación y humillación patronal, injusticias, descomposición social, y represión cuando no nos calamos sus condiciones.

Como explicamos adelante, el proyecto de Chávez no es el punto de llegada ni de partida de una nueva sociedad o un mundo mejor para las mayorías explotadas, sino una variante de este mismo sistema, y es falso que sea la mejor opción política que tienen los trabajadores y el pueblo pobre.

Un proyecto que mantiene la explotación de los trabajadores y la dominación imperialista

El objetivo más “ambicioso” del proyecto de país que propone Chávez es un supuesto “desarrollo nacional”. ¿Cómo? “Sembrar el petróleo”: usar la renta petrolera para desarrollar la agricultura y la industria nacional, convertir la renta en capital. “De la Venezuela rentista a la Venezuela productiva”. Objetivos que quedan solo para el discurso, ninguno se cumple ni está camino a cumplirse, porque los capitales imperialistas siguen exprimiendo nuestros recursos y porque la preservación de las propiedades y ganancias de los capitalistas impiden cualquier aprovechamiento social progresivo de los recursos.

Chávez ha pedido siempre una burguesía “con conciencia del interés nacional”, que apoyada desde el Estado mediante la transferencia de renta petrolera se desarrolle como clase “productiva” y “emprendedora”. Ha dejado claro que su proyecto no contempla de ninguna manera la abolición de la propiedad burguesa y, al contrario, propone acuerdos y alianzas con el empresariado nacional (como ahora que los busca convencer de las posibilidades de negocios que se le abrirían en el Mercosur y les ofrece apoyo). Por eso el dinero destinado en estos años para atender las situaciones más graves de miseria y de pobreza, y para la salud y educación, no ha venido de afectar las ganancias capitalistas sino fundamentalmente de la alta renta petrolera pública.

Es que como Capriles Radonski y la MUD, Chávez tampoco se imagina ni se propone una sociedad sin empresarios ni banqueros, sin explotación patronal. Por eso después de más de una década de Chávez en el poder la burguesía venezolana sigue con sus propiedades, negocios y ganancias tan campantes como en el puntofijismo, y la banca privada es una de las de América Latina que obtiene mejores rendimientos. Hay sectores que creen hallar gran diferencia entre que “antes los ministros los ponía Fedecámaras, y ahora no”, cuestión totalmente secundaria, pues ahora los ponen la corporación militar o los círculos de poder cercanos a Chávez, y además cumplen la misma función de sostener esta sociedad de clases.

El “nacionalismo” de Chávez se limita a regatear mejores condiciones de subordinación ante los capitales imperialistas, no impide que sigan explotando los recursos naturales y los trabajadores del país, ni bloquea la transferencia sistemática de recursos hacia los centros imperialistas, sino apenas busca que de las riquezas que estos extraen, le quede al Estado una porción mayor que antes, para “desarrollar la economía nacional” de la mano de empresarios venezolanos “nacionalistas” e incluso de determinados capitales imperialistas “amigos”.

Por eso, al igual que los adeco-copeyanos, ha continuado enviando constantemente, y sin falta ninguna, millones y millones de dólares a las cuentas de los bancos imperialistas como pago de la deuda externa, paga jugosas “indemnizaciones” al capital trasnacional por la compra de empresas o acciones, destina recursos públicos para subsidiar a las corporaciones imperialistas que invierten en el gas, a las que exonera del pago de IVA e ISLR, a las petroleras imperialistas las hace socias permitiéndole ser dueñas del 40% en las empresas mixtas con contratos a más de 30 años, a muchas empresas imperialistas se les permite no pagar impuestos aquí sino en su país (tratados de no doble tributación), no solo se paga religiosamente la deuda externa sino que ha aumentado enormemente, comprometiendo como forma de pago incluso la futura producción petrolera, de hierro y de aluminio, y en nuestro país, como en cualquier otro país capitalista de América Latina, operan cientos de empresas imperialistas sacando ganancias constantemente. ¿De cuál “revolución antiimperialista” nos habla?

Por eso en una ocasión, ante luchas salariales de trabajadores estatales, Chávez dijo que no le quitaría dinero a las misiones para pagar salarios, pero sí le quita dinero a los salarios o las misiones para dárselo a la banca imperialista. Por eso mientras destina grandes recursos para el Grupo Techint por la re-compra de Sidor, afirma no tener recursos para el contrato colectivo de los trabajadores de Sidor y para las inversiones que necesitan hace años nuestras empresas básicas. Para mantener buenas relaciones con el imperialista gobierno japonés y obtener un préstamo, el gobierno “obrerista” y “nacionalista” de Chávez combatió con saña y aplastó la lucha de los obreros de la Mitsubishi, contando con una brutal represión de la policía de Anzoátegui que cobró la vida de dos obreros, amenazando con meter la Guardia Nacional a la empresa y aprobando el despido de casi todos los dirigentes sindicales que estaban en la lucha. Es así que en la empresa mixta VENRUS se dan la mano la “Empresa de Producción Social Minera Nacional” y la trasnacional rusa Agapov para intentar meter en la cárcel a dirigentes sindicales por protestar contra las condiciones de trabajo y el terrorismo laboral. Es así como el gobierno ha garantizado las condiciones de explotación que impone la trasnacional petrolea china CNPC usando la Guardia Nacional Bolivariana para reprimir protestas de los obreros de la misma. Los ejemplos pueden seguir por montones.

Y es que nuestro país no ha dejado de ser esencialmente una semicolonia con inmensos problemas económicos y sociales porque buena parte de sus riquezas se las chupan los capitales imperialistas, por las más diversas vías, con la total complicidad del Estado y el gobierno.

Por más que hable mucho de “revolución” y de “socialismo”, el de Chávez es apenas una versión más de ese timorato nacionalismo burgués que, en medio de grandes luchas y movilizaciones de las masas obreras y oprimidas de nuestra América durante todo el siglo pasado, jamás logró ninguna “liberación nacional” ni apostó por la emancipación social de los explotados, dejando en el camino solo confusión política, frustraciones o trágicas derrotas.

Un gobierno para la estabilización de la sociedad burguesa

El rol histórico que vino a jugar Chávez ante el quiebre del régimen de dominio burgués que había en el país desde el ’58, ha sido el de estabilizar la situación, no de desarrollarla en sentido revolucionario, sino al contrario de canalizarla y desviarla hacia un cambio de régimen y un proyecto de país parcialmente distinto al del puntofijismo.

Desde su primer discurso como presidente, en febrero del ’99, lo ha dejado claro: “tenemos que darle cauce a un movimiento que corre por toda Venezuela… es un pueblo que recuperó por su propia acción la conciencia de sí mismo y allí está clamando, en las afueras del Capitolio y por donde quiera que vayamos… aquí se desató una verdadera revolución, señores y yo tengo la certeza de que nosotros le vamos a dar cauce pacífico, que nosotros le vamos a dar cauce democrático… Ese pueblo necesita cauce… o le damos cause a esa fuerza o esa fuerza nos pasa por encima”. Y remataba: “No queremos más rebeliones”

Si una coherencia ha tenido Chávez es en ese rol. Afirmaciones como esta pueden encontrarse en cualquier momento de su gobierno, incluso en los momentos de mayor confrontación como en el 2002. En los momentos de mayor confrontación con las fuerzas desplazadas del puntofijismo y la burguesía opositora proimperialista, que fueron también los momentos en los que su régimen estuvo más débil y más dependía Chávez de la movilización combativa de las masas, nunca actuó para aprovechar la debilidad de la reacción tras sus derrotas y volcar sobre ella al movimiento de masas para avanzar en desmontar las bases del capitalismo. Porque su gobierno es un gobierno de contención, de canalización institucional del descontento y malestar de las mayorías trabajadoras y pobres.

El presidente supuestamente “revolucionario” no ha dejado nunca de insistir a sus opositores, al empresariado, y al imperialismo yanqui, que él es el garante de la estabilidad y la paz social en el país, es decir, de que no se desaten posibilidades de una revolución social. Su política es para encasillar el descontento social hacia reformas para un capitalismo de “desarrollo nacional”, con una dosis de “justicia social”.

Por eso cumple un papel no revolucionario, sino conservador, y socialmente contrarrevolucionario.

Un régimen restaurador de la legitimidad y fortaleza del Estado burgués y sus Fuerzas Armadas

Por más que discursee sobre el “poder del pueblo” y “superar el Estado burgués”, la verdad es que uno de los más importantes logros que ha tenido el régimen de Chávez, desde el punto de vista burgués, es recomponer la autoridad y legitimidad del Estado burgués. Un “logro” totalmente reaccionario.

Con la fuerte crisis política abierta en el país desde finales de los 80’s, que tuvo como gran punto de inflexión la rebelión social de febrero del 89, habían entrado en crisis de legitimidad ante amplias franjas del pueblo las instituciones de la democracia burguesa. La “justicia”, el parlamento burgués (entonces Congreso Nacional), las policías y el ejército, la propia Presidencia de la República, y hasta el mecanismo del voto, llegaron a tener gran desprestigio.

Se comenzaba a hacer evidente ante las mayorías trabajadoras que estas instituciones no estaban al servicio de “todos los ciudadanos” sino de los ricos, los capitalistas (tanto nacionales como extranjeros) y sus respectivos políticos de oficio. El odio hacia los cuerpos represivos del Estado burgués era síntoma positivo del desarrollo de la conciencia de clase de los explotados. Entre el ejército burgués y el pueblo trabajador había una gran separación marcada con sangre obrera y popular de la rebelión de febrero del ’89.

Hoy todas esas instituciones se mantienen en pie, casi todas apenas cambiadas de nombre, remozadas con apellidos “bolivarianos” y “socialistas”, pero cumpliendo en lo esencial el mismo papel de garantes de la sociedad burguesa. Chávez ha logrado disipar en gran medida el odio hacia las Fuerzas Armadas y ha logrado que se relegitime la autoridad del Estado como “distribuidor de la riquezas” y aplicador de “justicia social”. ¡Incluso ex militares con responsabilidad en masacres del pasado (Cordero Lara, masacre de Cantaura, Rodríguez Chacín, masacre de “El Amparo” y los “amparitos”) son hoy diputados o voceros de la actual campaña presidencial!

Por eso, mientras cierta izquierda miope plantea que hay que apoyar a Chávez porque su proyecto implica un avance de la conciencia política de los explotados, o porque su gobierno representa la posibilidad de un avance revolucionario a futuro, la realidad es todo lo contrario: Chávez ha inculcado una “amistad” del pueblo hacia la fuerzas represivas del Estado burgués y una confianza en este Estado de los capitalistas, lo que es un retroceso político en la conciencia de clase de los explotados; y la recomposición de la legitimidad y autoridad del aparato político de dominación burgués no brinda las condiciones para una revolución a futuro sino que la bloquea o prepara su aplastamiento.

Un presidente hostil a las organizaciones y luchas combativas de los trabajadores y el pueblo

Chávez se ha definido como “obrerista”, pero la verdad es que le incomodan sobre manera las organizaciones y luchas realmente combativas y clasistas de los trabajadores. Si bien su gobierno no ha sido, por ahora, un gobierno de abierta represión generalizada a las luchas obreras y populares, sí hay criminalización de cientos de trabajadores, campesinos e indígenas por luchar con sus propios métodos, y hay duras represiones específicas hacia los sectores de vanguardia y combativos, buscando escarmentarlos.

La labor de desviar el fuerte ascenso obrero y popular que puso en jaque el régimen burgués anterior, no podría Chávez haberla llevado a cabo sino precisamente evitando chocar de frente con las organizaciones de masas, más bien coqueteando con promesas de “poder” para los de abajo y otorgando algunas concesiones parciales. A su vez, la alternativa que se propuso Chávez ante la crisis del puntofijismo es un régimen fundamentado en una figura presidencial fuerte capaz de “ordenar la casa” y negociar con las fuerzas desplazadas del régimen anterior y el imperialismo yanqui, para lo que necesitaba contar con un amplio apoyo de masas dispuestas a movilizarse en su respaldo. ¡Pero apenas Chávez logró asentar mejor su régimen y apenas comenzaron a darse luchas obreras por fuera de su control, afloró la coacción y la represión! Así mismo el gobierno mantiene una criminal complicidad con el sicariato terrateniente y patronal, que ha cobrado la vida de cientos de campesinos, decenas de obreros y hermanos indígenas, en la más campante impunidad.

Es que en su esquema de supuesto “desarrollo nacional” Chávez se reserva el papel de ser él el que decide “dar” o quitar a los trabajadores y pobres, cuándo “dar”, cuánto y en qué condiciones. Por eso al lanzar el PSUV en 2007 se declaró abiertamente contra la autonomía de las organizaciones de los trabajadores; por eso ha avanzado en leyes que le dan más potestad al Estado burgués de intervenir en estas organizaciones; por eso la mayoría chavista de la Asamblea Nacional (en muchos casos con complicidad de la minoría de la oposición) desarrolló en los últimos años un entramado de leyes que criminalizan diversas formas de lucha obrera y popular en las más diversas ramas de la producción; por eso Chávez avala las represiones de la Guardia Nacional hacia las luchas obreras (el caso más reciente ha sido el de las obreras y obreros de Petrocasa), y brindó su respaldo a Tarek William después que la policía de Anzoátegui asesinó a los dos obreros en la Mitsubishi; por eso con el discurso de “defender las empresas de un eventual ataque imperialista” o “saboteos”, impulsa los llamados “cuerpos combatientes”, patotas de trabajadores fieles al gobierno y la patronal estatal, entrenados por el ejército burgués para espiar a los trabajadores que se organicen con fines de lucha y para ¡“garantizar la continuidad operativa de la unidad productiva” ante cualquier paralización! (espías y rompehuelgas institucionalizados); por eso Chávez es uno de los voceros de su gobierno que más directamente intenta desprestigiar y atacar discursivamente a los trabajadores de las empresas estatales o la administración pública cuando entran en lucha abierta por sus derechos; por eso él mismo ha llegado a amenazar con la represión o militarización a diversos sectores de trabajadores estatales en lucha (empresas básicas, metro de Caracas, eléctricos, maestros, etc.), particularmente escandalosa fue la amenaza a los trabajadores de las empresas básicas, en Ciudad Piar en marzo de 2009, de que si iban a huelga “se las verían con él” y con toda la fuerza del Estado, así como con los “cuerpos de inteligencia”.

Dondequiera que ha habido luchas obreras que con sus propias reivindicaciones, sus propios métodos de lucha y sus propios dirigentes genuinos, intentan ir más allá de lo que el gobierno quisiera, el gobierno ha puesta en marcha las clásicas maniobras patronales para quebrarlas, llegando a la simple y llana represión (Sanitarios Maracay, Mitsubishi, Petrocasa, empresas básicas de Guayana, etc.) o combinando la represión con algunas concesiones cuando la fuerza de la lucha no le ha dejado otra opción (Sidor). Por la política de criminalización que viene desarrollando, hoy en la Venezuela “revolucionaria” hay casi 150 trabajadores y trabajadoras con distintos juicios, regímenes de presentación o prohibiciones de actividad sindical o política, como represalia de la “justicia” por hacer participado de alguna medida de lucha.

Por todo esto, un voto por Chávez sería un voto por un político que no quiere a los trabajadores de pie, con organizaciones fuertes, con métodos combativos, con una moral de lucha alta y conquistando victorias contundentes contra los patrones, sino que los quiere sumisos, obedientes y “agradecidos”… o enjuiciados, reprimidos, y hasta presos, si se alzan seriamente contra la explotación, como el caso emblemático de Rubén González y las decenas de trabajadores enjuiciados actualmente.


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