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Sábado 22 de octubre de 2011

CANJE DE PRISIONEROS

Israel pagó un alto precio por la libertad de Shalit

Por Claudia Cinatti


El 18 de octubre se concretó la primera etapa del canje del soldado israelí G. Shalit por 1.027 presos palestinos, una complicada negociación política entre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu y la dirección de Hamas, con la mediación del gobierno egipcio.

A cambio de la liberación de Shalit, mantenido en cautiverio por Hamas durante más de cinco años, el gobierno israelí liberó 477 presos palestinos acusados de cometer actos terroristas, muchos de los cuales cumplían varias condenas a cadena perpetua, mientras que los 550 restantes recuperarán su libertad en los próximos dos meses. Aunque el número parece impresionante, es sólo una parte de los 6.000 u 8.000 presos políticos palestinos que pueblan las cárceles israelíes, muchos de los cuales se encuentran en huelga de hambre como protesta por el maltrato al que son sometidos.

Según el semanario The Economist, la lista de los primeros 477 presos fue provista por Hamas que habría exigido la liberación de importantes dirigentes de diversas fracciones palestinas como M. Barghouti, aunque esto no ha sucedido. Mientras que los 550 restantes serán escogidos por Israel que considera su liberación como un gesto hacia Egipto. Además, de los 477 liberados, alrededor de 200 no podrán ingresar a Cisjordania y deberán elegir entre vivir en la Franja de Gaza o ser deportados a terceros países Jordania, Egipto, Turquía o Qatar.

A pesar de estos condicionamientos, el canje de “1x1027” indudablemente fortalece la posición de Hamas con respecto a la Autoridad Palestina encabezada por Mahmaud Abbas de Al Fatah, ya que aparece como el gran artífice de la concesión más importante arrancada al estado sionista en los últimos años. De esta manera, se revierte parcialmente la relación de fuerzas creada tras la solicitud que presentó Abbas para que el Consejo de Seguridad y la Asamblea de las Naciones Unidas reconozcan al estado palestino en las fronteras de 1967.

El estado sionista terminó aceptando condiciones similares a las que había rechazado en 2006 cuando intentó sin éxito recuperar a Shalit primero por la vía militar, bombardeando Gaza, y luego con el secuestro de decenas de parlamentarios de Hamas que todavía permanecen detenidos.

La liberación de los presos políticos fue vivida como una gran victoria y celebrada con movilizaciones de masas tanto en Gaza, bajo gobierno de Hamas, como en Cisjordania, donde gobierna la Autoridad Palestina de Abbas, que por primera vez desde que se estableció como gobierno paralelo en 2007 tuvo que compartir el palco con un alto dirigente de Hamas.

La primavera árabe y el cálculo político de Netanyahu

Los partidos de la derecha religiosa y los colonos judíos criticaron duramente la decisión de Netanyahu de aceptar los términos del canje del soldado Shalit. Además, muchos analistas políticos y militares señalaron que esta negociación sienta un precedente peligroso, ya que podría alentar a repetir el secuestro de soldados o ciudadanos israelíes por parte de milicias palestinas.

Pero en los cálculos de Netanyahu estas contradicciones, aunque reales, son menores con respecto a los beneficios que espera obtener.

En el plano interno, los colonos y la derecha religiosa, a pesar de su enojo, no tienen alternativa al gobierno de extrema derecha de Netanyahu-Lieberman. Por el contrario, la medida de recuperar con vida a Shalit era altamente popular entre sectores liberales: según las encuestas publicadas en diversos medios el 80% de la población israelí estuvo de acuerdo con aceptar la negociación. Con esta política Netanyahu pretende recuperar parte de su legitimidad, cuestionada por el movimiento de “indignados” que durante meses ocupó las plazas y las calles de las principales ciudades protestando por los altos precios y el deterioro de las condiciones de vida.

En el plano externo, Netanyahu consideró que en el marco de la “primavera árabe” y las convulsiones geopolíticas que sacuden la región, esperar más tiempo podría implicar aceptar mayores condiciones o incluso perder la posibilidad de recuperar con vida a Shalit.

En el último año, el Estado sionista perdió a su principal aliado, el ex presidente egipcio Hosni Mubarak y vio deteriorarse cualitativamente sus relaciones con Turquía, otro de sus aliados importantes, en el marco de un creciente aislamiento internacional y de la continua decadencia del dominio norteamericano. A este cuadro se suma la situación inestable abierta en Siria con las movilizaciones de masas contra el régimen de al Assad, a quien Israel prefiere en el poder antes de enfrentar la incertidumbre que podría abrir su caída.

Con su política de aceptar como mediador a Egipto, Netanyahu espera recomponer relaciones con el gobierno de la junta militar en momentos en que este está redefiniendo su juego regional, y aspira a que siga colaborando en mantener cierto equilibrio de seguridad sobre todo controlando la frontera con la Franja de Gaza.

Por último, pero no menos importante, el gesto político de Netanyahu busca incidir en la lucha interna entre fracciones palestinas, esta vez, debilitando a Abbas y su intento “diplomático” de presionar para que Israel acepte volver a la mesa de negociación, algo que el gobierno israelí rechaza de plano.

Una situación explosiva

La combinación entre la crisis económica internacional, la crisis de hegemonía del imperialismo norteamericano y la irrupción de la primavera árabe está teniendo consecuencias profundas en la región.

El gobierno de Obama busca legitimarse frente a los procesos árabes, ya sea por medio de la intervención directa como en Libia, o a través de la negociación como en Egipto, para recomponer su dominio y fortalecer la posición de sus aliados tradicionales: la monarquía saudita y el estado de Israel. Pero la hipocresía imperialista es inocultable: mientras dice defender a los “civiles” contra dictadores como Kadafi, permite que Arabia Saudita ayude a la monarquía de Bahrein para aplastar las movilizaciones y continúa la “guerra contra el terrorismo” y los asesinatos políticos en Yemen, Pakistán y otros países de la región.

La denuncia del supuesto complot de Irán para asesinar al embajador saudita en Estados Unidos, una trama bizarra que recuerda la mentira de las “armas de destrucción masiva” con las que Bush justificó la guerra de Irak, es un intento de Estados Unidos de legitimar en la “comunidad internacional” una política más agresiva contra el régimen iraní y realinear a la mayoría de los países tras su política. Aunque con dos guerras en curso –en Irak y Afganistán- el imperialismo norteamericano no parece en condiciones de lanzar un ataque militar contra Irán, es evidente que intentará allanar el camino para cualquier eventual acción agresiva.

En este marco de crecientes tensiones e inestabilidad el conflicto palestino que concentra la lucha contra la opresión colonial del estado sionista y el imperialismo, es una bomba de tiempo que puede darle nuevo impulso a la lucha de las masas de la región.





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