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Jueves 14 de agosto de 2014

IRAK

La guerra sin fin de Estados Unidos

Por Claudia Cinatti


Mientras el presidente Obama goza de sus vacaciones, aviones y drones norteamericanos nuevamente lanzan toneladas de bombas sobre Irak. Esta nueva aventura militar de Estados Unidos en el Medio Oriente comenzó el viernes 8 de agosto y tiene como objetivo frenar el avance del llamado Estado Islámico de Irak y el Levante, o Estado Islámico a secas, que desde junio ha tomado alrededor de un tercio del territorio de Siria y un cuarto del de Irak.

Según Obama, lo que motiva estos bombardeos es proteger a sectores cristianos y de la minoría yazidi (un sector de la población que profesa otra religión),
salvajemente perseguidos por el EIIL, este nuevo “Frankestein” surgido de un desprendimiento de la red Al Qaeda durante la ocupación norteamericana de Irak.

A la luz del apoyo de Estados Unidos a la masacre de Israel en Gaza, nunca como antes resultó tan hipócrita la pretendida “justificación humanitaria” para este nuevo ataque imperialista, a menos de tres años de que Estados Unidos retirara sus tropas terrestres, poniendo fin a una de sus peores pesadillas militares pos Vietnam.

El colapso del precario sistema de gobierno que Estados Unidos dejó en Irak puede llevar a la partición del país en tres entre kurdos, sunitas y shiitas, e intensificar enfrentamientos religiosos y étnicos de repercusiones regionales, como se ve en la guerra civil reaccionaria en Siria y la desintegración de Libia.

Desde la primera guerra del Golfo de 1991, Estados Unidos mantiene un estado de guerra casi continuo en Irak. Esta política militarista dio un salto con la “guerra contra el terrorismo” de Bush y los neoconservadores con la que el imperialismo yanqui buscaba “rediseñar el mapa del Medio Oriente” y conseguir otro siglo de dominio norteamericano. Esta guerra imperialista sin fin sigue bajo el gobierno de Obama.

Guerra y crisis política

La situación en Irak es extremadamente inestable. La guerra y posterior ocupación militar norteamericana de Irak, que se extendió desde 2003 hasta 2011, no solo produjo centenares de miles de civiles muertos y una gran destrucción, sino que exacerbó los enfrentamientos entre la mayoría shiita, que había sido oprimida por el régimen de Sadam Hussein al igual que los kurdos, y la minoría sunita que había monopolizado por décadas el poder del Estado. De esta manera, con una política clásica de “divide y reinarás”, Estados Unidos, en alianza con los líderes shiitas reaccionarios y el visto bueno de Irán, logró desarticular la resistencia nacional inicial a la ocupación –que unía a sectores radicalizados shiitas y sunitas- y desviar el proceso hacia una sangrienta guerra civil.

Con la caída de Hussein y la prohibición del partido Baath (un partido de origen nacionalista que era el principal sustento político del régimen dictatorial de Hussein), los shiitas y los kurdos aprovecharon la invasión norteamericana para quedarse con el control del Estado y de esta manera beneficiarse de la explotación de las enormes riquezas petroleras del país.

Estados Unidos intentó un equilibrio precario de distribución del poder entre sunitas, shiitas y kurdos. Pero esta ingeniería duró poco tiempo y ni bien se retiraron los soldados norteamericanos, los antiguos aliados se transformaron en enemigos. En 2011, el primer ministro al Maliki, perteneciente a un partido shiita conservador, desató una brutal represión contra los sunitas, que inspirados en la “primavera árabe” salieron a movilizarse masivamente contra las condiciones de opresión a las que los sometía el gobierno central.

Sobre este enorme resentimiento de la minoría sunita creció una fuerza completamente reaccionaria, el llamado Ejército Islámico, que puso en vilo al precario gobierno iraquí, hizo huir a sus fuerzas armadas y se alzó con el control de zonas petroleras, además de armamento sofisticado provisto por Estados Unidos.
En este marco de crisis, el gobierno de Obama usó el pretexto de la persecución por parte del EI contra los yazidíes, las nuevas víctimas de la guerra civil gestada durante la ocupación norteamericana, para lanzar un nuevo ataque militar y, a la vez, destituir al primer ministro al Maliki, que se transformó en un obstáculo para sus planes de estabilizar el país, dominado por fuerzas reaccionarias afines a sus intereses.

La situación en Irak es una muestra de que el poderío norteamericano está en decadencia. Después de las guerras desastrosas de Bush, la política de Obama es limitar el accionar militar a bombardeos aéreos y a brindar asistencia a fuerzas locales, como las milicias kurdas, que por sus propios intereses coinciden con los objetivos norteamericanos. Pero la dinámica del conflicto aun está abierta y ya los medios norteamericanos hablan de una operación que puede durar meses. Ante la creciente incapacidad de imponer su voluntad en Medio Oriente, Estados Unidos se ve obligado a apoyarse en alianzas contradictorias de potencias rivales, como Arabia Saudita e Irán, para tratar de estabilizar la situación.

La derrota de la primera etapa de la “primavera árabe” con el golpe de estado en Egipto y las guerras civiles como la de Siria, sin dudas fue un retroceso importante para los trabajadores y las masas populares de la región.

Sin embargo, la persistencia de la resistencia nacional palestina y el enorme repudio internacional a la acción criminal de Israel en la Franja de Gaza, sean indicios de que una nueva guerra imperialista, lejos de estabilizar, encienda de nuevo la mecha de la protesta.


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